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Andanzas

Mi bici roja y yo

Jennifer Marino

Mi bici roja y yo

Éste no es cualquier relato sobre una bicicleta, es una oda a mi bici roja. También es la historia de mi regalo de cumpleaños número treinta, de uno de los instrumentos más revolucionarios y subestimados del mundo: un aparato sencillo en apariencia, pero que tiene beneficios asombrosos. Es, asimismo, una historia de amor incondicional, de pérdidas, búsqueda de independencia y de transición hacia la adultez.

Cuando cumplí siete años de edad, el regalo que deseaba con mayor ahínco era una bicicleta. La había visto exhibida en una tienda y ya no podía sacármela de la cabeza. Mamá —que siempre se desvivió por consentirme— encontró una tal y como la había pedido: color rosa caramelo, con una canastita de mimbre y manubrios festivos de los que pendían listones salpicados de diamantina. La bici tenía rueditas de entrenamiento, las cuales podían retirarse fácilmente. Al poco tiempo, la impaciencia me llevó a decirle a mamá que era hora de quitárselas, pues quería andar ‟yo solita”. Ella, quien era una mujer de temperamento relajado, mostró preocupación ante la idea de dejarme ir. Después de incontables súplicas, accedió a retirar las rueditas y, juntas, salimos a emprender la nueva aventura.

Para ser honesta, apenas me subí a la bicicleta deseé que mamá volviera a colocar las rueditas. Durante las primeras vueltas, perdía el balance constantemente, pero pronto —y entre más rápido movía los pedales— fui ganando control en mi rodar. Recuerdo vivamente el vestido color durazno que mamá llevaba ese día y que yo quería usar cuando ‟fuera grande”. Miré hacia atrás y ella, resplandeciente por el orgullo que le provocaba el verme crecer, sonrió y dio un saltito de felicidad. Ese día no me bajé de la bici hasta que anocheció.

La escena donde un padre corre a la par de su hijo, quien va montado en una bicicleta, y lo asiste al ayudarle a controlar los manubrios hasta que el pequeño es capaz de rodar solo, simboliza la naturaleza de la relación entre ambos: el primero permanece al lado del segundo en tanto que éste lo necesita y, llegado el momento, lo deja ser libre. Mi madre fue la persona que estuvo ahí cuando anduve en bicicleta por primera vez. En realidad, estuvo ahí para mí en todos los eventos importantes de mi vida: jamás se perdió un evento escolar y, es más, volteaba sin falta cada vez que yo decía ‟¡Mira, mami!”, lo cual ocurría muy seguido.

Cada tarde, con todo el entusiasmo que me generaba mi nuevo juguete, me apuraba para terminar la tarea y salir a la calle a andar en bici. La práctica me había hecho sentir seguridad e intrepidez. Cierto día, iba pedaleando con tanta velocidad, que no me percaté de un tremendo bache en la calle, comencé a mover el manubrio de un lado a otro, perdí el control y me derrumbé. El concreto me quemó los codos y los mulos; el dolor era tan intenso que, durante semanas, no pude evitar el llanto al sentir el agua caliente de la regadera. Pese a que mamá me había advertido incontables veces que manejara más despacio, decidió no regañarme, pues consideró que el golpe había sido suficiente lección. Siempre admiré su filosofía de vida y crianza: confiaba en que yo aprendería mis propias lecciones y me permitía controlar el curso de mi vida.

Después de la caída, tuvieron que pasar años para que volviera a subirme a una bicicleta. La idea de retomarla vino cuando comencé a interesarme en temas ambientales y, con el tiempo, llegó a convertirse en un modus vivendi, en la bandera que enarbolo a diario. Descubrí que ser amigable con el entorno no sólo implica beneficios para mí, sino para el medio ambiente y la sociedad en general, y andar en bici es un ejemplo muy claro de ello. Primero, ayuda a evitar el estrés de manejar un automóvil y eludir así el sentimiento de impotencia que genera el tráfico severo; además, es un transporte conveniente para el bolsillo: resulta más barato comprar una bicicleta que un automóvil, y mejor aún rentarla, sin mencionar que no hay que preocuparse por gastar en gasolina. El ciclismo, por otro lado, proporciona la sensación de estar más alerta y ayuda a mantener la salud cerebral.

En el plano ecológico, los beneficios son otros tantos: ayuda a disminuir la emisión de gases de efecto invernadero —que son los que provocan el calentamiento global— y también a mejorar la calidad del aire; fabricar una bicicleta, por otro lado, tiene un costo ambiental mínimo comparado con la huella que deja la producción de un automóvil; sin mencionar que las bicicletas ocupan menor espacio en las vialidades y estacionamientos, por lo cual desgastan menos el pavimento y contribuyen a mejorar la calidad visual de una ciudad; además, al dejar de comprar gasolina, ayudamos a disminuir la demanda de una industria altamente perjudicial para nuestro entorno.

Aunque eso es solamente en el área personal y ambiental, pues andar en bicicleta también tiene numerosos beneficios comunitarios. La sociedad se vuelve más igualitaria, ya que mientras que sólo un pequeño porcentaje de la población puede adquirir un auto, una buena parte se encuentra en posibilidades de comprar o rentar una bicicleta. A la bici se sube el señor de los tamales y también el gran empresario. Entre ciclistas se promueve la interacción social y se crea un sentimiento de comunidad.

La bicicleta es la respuesta simple a una serie de problemas complejos y por ello decidí retomarla. Quería poner en práctica aquellas palabras que dijera Mahatma Gandhi: ‟Debes ser el cambio que quieres ver en el mundo”. La transición fue paulatina: primero me di de alta en el programa de bici rentada, que utilizaba ocasionalmente con fines recreativos y para llegar a lugares cercanos; después empecé a ocuparla como medio de transporte diario. La situación dio un giro cuando, al ir caminando por mi colonia, vi una bicicleta plegable, color rojo flamante, iluminada en el aparador de una tienda y —como aquella bicicleta de mi infancia— ya no pude sacármela de la mente.

Dicho evento coincidió con la lamentable noticia de que mamá tenía cáncer y muy avanzado. Ella siempre fue mi mejor amiga, mi aliada más preciada y una gran compañera; la idea de perderla me parecía intolerable, así que la bici se convirtió en mi mayor desahogo. Recuerdo ir cuesta arriba en la ‟ciclopista”, pedaleando cada vez con mayor fuerza, hasta sentir que los músculos se me quemaban y me faltaba el aire, porque aquella me parecía la única manera en que podía descargar la rabia. Mientras lo hacía, lloraba a cántaros, y el viento que chocaba contra mi rostro lanzaba las lágrimas al concreto, dejándolas atrás.

Pocos meses después, en vísperas de mi cumpleaños número treinta, mi madre murió. En sus últimos momentos, su mayor preocupación era dejarme sola, turbación que no pude quitarle por más que lo intenté. La idea de celebrar mi cumpleaños —con todo y que implicaba iniciar una nueva década, una etapa significativa— me provocaba muy poca ilusión. Sin embargo, le pedí a mi esposo un regalo muy particular e inusual para mi trigésimo aniversario: la bicicleta rojo flamante que había visto. Imagino que muchos habrían elegido alguna otra cosa al cumplir esa edad, como un viaje o un automóvil. Yo, en cambio, sólo quise una bicicleta, aunque por varios motivos: transportarme en mi bici significaba convertirme en esa mujer que seguía sus ideales con convicción, tal y como me lo había infundido mamá; si todos mis conocimientos sobre el tema indicaban que utilizar la bicicleta tenía un sinnúmero de beneficios a nivel personal y social, lo más congruente era usarla y hacerlo con mucho amor y pasión; además, para mí, tener una nueva bicicleta y manejarla todos los días representaba una forma más evolucionada de ver la vida y entender el mundo.

Pero, sobre todo, quería una bici para demostrarme que la compañía de mamá había sido suficiente para encontrar en mí misma el balance. Creo que si ella pudiera verme desde alguna parte, estaría sonriendo como aquella vez en que anduve yo sola sin las ruedas de entrenamiento y, quizá, daría un saltito de alegría al ver que avanzo por buen rumbo, segura de mí. Estaría tranquila de saber que me dejó andando, en movimiento, justo lo que se necesita para mantener el equilibrio y seguir el camino.

Bicaalú
Jennifer Marino

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