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Lugares asombrosos

Pueblos abandonados de México: fascinación por el abandono

Enrique Escalona

Pueblos abandonados de México: fascinación por el abandono

Llegar a un sitio abandonado es darse cuenta de que nada está a salvo. En México existen numerosos pueblos, y al menos una ciudad, que quedaron en el abandono en los últimos cien años. Descubre qué pasa cuando la gente se va y la naturaleza regresa.

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Estamos acostumbrados a las ruinas de culturas y civilizaciones desaparecidas, a ver pirámides prehispánicas derruidas y construcciones devoradas por la selva. Sin embargo, también existen ruinas de nuestra civilización, poblaciones que, en el pasado reciente, han quedado en el abandono y muestran la fragilidad de las sociedades modernas. Iglesias fantasmales, plazas solitarias, casas desvencijadas y monumentos que se caen a pedazos, son parte de un desolado paisaje que atrae a numerosos visitantes.

A continuación, te invito a conocer algunos pueblos abandonados mexicanos, los cuales son escenarios poco comunes e ideales para un paseo alejado de los ruidos y bullicios de otros destinos turísticos.

San Pedro, un pueblo con mala suerte

San Pedro

Ubicado a veinte minutos de la ciudad de San Luis Potosí, nació con buena fama. La riqueza de sus entrañas presagiaba un futuro de éxito y riqueza, pero eso fue lo que —incluso hasta los últimos años— terminó siendo su maldición.

San Pedro se encuentra al pie del cerro que llevaba su nombre —ya explicaré por qué hablo de él en tiempo pasado. A finales del siglo XVI, esta población rivalizaba en importancia con San Luis Potosí, la capital y su ciudad vecina; pero las cosas comenzaron a ir mal en 1608, cuando varias casas y calles se hundieron debido a los tiros de las minas que corren por debajo del poblado. Para 1630, San Pedro ya era un pequeño pueblo a la sombra de la capital potosina; en 1765, se cimbró la iglesia principal, que estuvo a punto de sumirse en el túnel que pasa por debajo de ella. Este hecho fue considerado un signo de mal agüero y por ello casi todas las familias dejaron el lugar, que se convirtió en un pueblo de mineros y de presos encarcelados en una mina que había sido dispuesta como cárcel.

Durante dos siglos, la principal atracción de San Pedro fue el arte religioso que resguardaba su iglesia, pero en 1950 ésta fue saqueada y se quedó sin retablos ni santos. En el año 2000, se impulsó un programa para reforzar sus principales edificios y embellecer sus plazas, de modo que San Pedro vivió un breve renacimiento —se abrieron algunos restaurantes, un museo y varios negocios de artesanía—; no obstante, en 2006 se firmó su última sentencia: el gobierno aprobó una de las primeras minas de cielo abierto y, en pocos años, el cerro de San Pedro se convirtió en un horrible cráter. Lo anterior resulta lamentable, porque ese cerro es parte del escudo del estado de San Luis Potosí y ya no existe. Ahora San Pedro no sólo luce abandonado, sino devastado, en completa soledad y destrucción…

Mineral de Pozos, la ciudad abandonada

Mineral de Pozos

Pozos fue la ciudad minera más importante de Guanajuato durante el siglo XIX; también el gran orgullo del dictador Porfirio Díaz, que incluso la rebautizó con su nombre. De esos años datan sus mejores construcciones: escuelas, plazas, mansiones, teatros y haciendas de inspiración europea. Todo esto sigue deslumbrando, a pesar de estar abandonado y en ruinas.

La Revolución Mexicana significó el inicio del fin de Mineral de Pozos. Los revolucionarios fueron particularmente duros con la ciudad de Porfirio Díaz, que fue saqueada y destruida en numerosas ocasiones. Después, se le quitó el nombre del dictador y fue abandonada a su suerte. Las minas quedaron inundadas y los dueños —casi todos franceses— regresaron a Europa.

Sólo un puñado de personas permaneció en Mineral de Pozos. El lugar parecía olvidado hasta que, en los años noventa, salió a la luz como el escenario de la película La máscara del Zorro (1998), con Anthony Hopkins, Antonio Banderas y Catherine Zeta-Jones. Desde entonces han llegado de todo el mundo grupos de sibaritas que buscan paisajes semidesérticos, minas abandonadas y recorridos por antiguas calles señoriales, ahora invadidas por abundantes cactus y nopaleras.

Pero no todo es abandono: recientemente se han restaurado los jardines; además, numerosos restaurantes y galerías fueron abiertos por gente llegada de todo el mundo que busca una atmósfera de pueblo del oeste; sin mencionar que se organizan recorridos a lugares inverosímiles, como la mina Santa Brígida, que cuenta con tres torres de tiempos virreinales que parecen surgir en medio de la nada. Por todo eso, Pozos constituye un viaje para perderse entre las historias de una ciudad fantasmal…

Real de Catorce, pueblo fantasma

Real de Catorce

Incluso hoy, en pleno siglo XXI, llegar a Real de Catorce sigue siendo un reto: túneles, montañas, despeñaderos y senderos sinuosos en los que sus treinta kilómetros pueden convertirse en dos horas de camino. Hay que pasar por el poblado de Socavón de Purísima, un conjunto de casas viejas con una entrada de mina y una chimenea del siglo XIX. En el lugar sólo vive un viejo matrimonio, que parece pasar el día en silencio en unas sillas afuera de su casa; sin embargo, al ver que alguien se acerca, se meten a su casa y se encierran, pues no están ahí precisamente porque deseen platicar con alguien.

La entrada a Real de Catorce —antes llamado Real de Minas de la Limpia Concepción de los Álamos de Catorce— es a través de un túnel cavado a pico y pala en la roca. La ciudad tuvo su gran auge en 1803, cuando era la segunda mina de plata más importante del mundo y acuñaba gran parte de las monedas de la Nueva España. Al agotarse las vetas, el pueblo fue casi abandonado, pero se mantuvo vivo gracias al culto a San Francisco, una estatua del santuario que es objeto de peregrinaciones y procesiones.

Hoy día, a pesar del abandono, puede disfrutarse de la belleza de las plazas, las enormes casonas, las construcciones de piedra y las calles bien hechas que se adecuan al paisaje escarpado. Real de Catorce ha sido nombrado “pueblo mágico” —un programa desarrollado por la Secretaría de Turismo y gobiernos estatales y municipales que busca revalorar a un conjunto de poblaciones del país que representa alternativas frescas para los visitantes nacionales y extranjeros—, pero sigue siendo un sitio perfecto para explorar lugares solitarios, viejos cascos de hacienda y encontrarse con sorpresas que infunden un fascinante temor, como peligrosos tiros de mina o palacios fantasmales.

Algunos disfrutan con playas llenas de gente o con las multitudes citadinas. Otros prefieren ser testigos del olvido para cumplir la fantasía que promete el abandono: imaginar que somos la última persona en un lugar desierto…

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Enrique Escalona

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