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El gran vuelo de Hayao Miyazaki

Davo Valdés de la Campa

El gran vuelo de Hayao Miyazaki

Un gran terremoto estremeció a la ciudad de Tokio en 1923. En su autobiografía, Akira Kurosawa relata como él, de trece años de edad, y su hermano Heigo, de diecisiete, salieron a caminar entre las ruinas. "Los cadáveres de humanos y de animales se apilaban en todos los rincones", escribió el cineasta. Ante tal escenario, Akira intentó apartar la vista, pero su hermano lo obligó a sostenerla: "Fíjate bien —le dijo—, si cierras los ojos frente a un terrible espectáculo, el terror te golpeará; si, por el contrario, los mantienes abiertos, nada tienes que temer".

La última película del director japonés Hayao Miyazaki, The Wind RisesSe levanta el viento— (2013), abre con escenas de este trágico terremoto. Con el fondo de la metrópoli destruida por el movimiento telúrico y el fuego, Miyazaki, de setenta y seis años, narra la historia de la que será su última entrega cinematográfica.

Se levanta el viento, cuyo nombre fue tomado de un famoso verso del poeta Paul Valéry — "¡El viento se levanta, debemos intentar vivir!"—, ha sido calificado por la crítica como un filme realista. En esta ocasión, Miyazaki abandona la narración fantástica que lo había caracterizado para contar un suceso de su país natal: la historia de Jiro Horikoshi, un ingeniero aeronáutico que diseñó muchos de los aviones de caza empleados por el Servicio Aéreo de la Armada Imperial Japonesa durante la segunda Guerra Mundial. A pesar de tener un corte histórico-realista, la cinta no abandona la esencia del cine de Miyazaki, quien retoma sus obsesiones para mostrarnos la raíz de su obra.

La cinta muestra la apertura de Japón al mundo occidental, así como la modernización tecnológica de las sociedades, que degeneró en un ambiente de tensión política durante el periodo de entreguerras, y culminó con una carrera armamentista y la devastación de varias naciones. Algo similar a lo que ocurre en El increíble castillo vagabundo (2004), película que revela los valores y deseos pacifistas de Miyazaki. En una entrevista posterior al estreno, el director comparó el argumento de de este filme con la invasión estadounidense a Irak, razón por la cual Miyazaki no asistió a la ceremonia de los Premios Óscar en 2002 para recibir la estatuilla a mejor película de animación otorgada a El viaje de Chihiro, pues creyó que habría sido un acto hipócrita. "Me parecía deshonesto visitar un país que actualmente está bombardeando Irak".

Aviones: máquinas de ensueño y pesadilla

El tema del viaje —ya sea en avión u otras máquinas voladoras— es esencial en el universo de Hayao Miyazaki. Muchas de sus cintas incluyen escenas de vuelo y un sinfín de tomas aéreas. El avión, por un lado, representa la materialización del deseo del hombre por volar, pero su aparición también fue indispensable para transformar el esquema de lucha entre las naciones, que derivó en guerras más cruentas y, en el caso de Japón, en los kamikaze, o ataques suicidas,que dieron lugar a uno de los episodios más atroces en la historia bélica.

Las aeronaves también figuran en la película Porco Rosso (1992) que, asimismo, se desarrolla en el periodo de entreguerras. La cinta cuenta las aventuras de un ex piloto de la Armada Italiana —quien, víctima de un hechizo, tiene la apariencia de un cerdo— dedicado a cazar piratas aéreos en el mar Adriático —cabe mencionar que en Se levanta el viento, además de la flota de aviación japonesa, aparece su equivalente alemana, para completar así las potencias del Eje que lucharon contra los Aliados en la segunda Guerra Mundial. Porco Rosso es un ejemplo de la crítica que Miyazaki hace al fascismo, pero no en específico al italiano, sino a todos los gobiernos totalitaristas de Europa, según explica él mismo. Y es que muchas de sus películas abordan el tema de la guerra desde el sinsentido.

En Nausicaä (1984), El castillo en el cielo (1986) y El increíble castillo vagabundo, este espíritu pacifista puede vislumbrarse con mayor claridad. Los protagonistas —vale la pena especificar que casi siempre son femeninos— intentan detener sendos conflictos armados relacionados con la explotación del medio ambiente o, en el caso de El increíble castillo vagabundo, ironizan sobre si es justificable comenzar una guerra para obtener la paz. Estas tres cintas también se caracterizan por contener artefactos voladores, que van desde la estética steampunk del castillo del mago Howl, hasta los ligeros aeroplanos de Nausicaä.

Pero, ¿de dónde proviene la obsesión de Miyazaki por los aviones? La respuesta se encuentra, por supuesto, en su pasado. Su familia, durante la segunda Guerra Mundial, amasó una fortuna con la venta de aeropartes para aviones de caza. Su niñez —ha confesado el director— es el detonante de esta relación bipolar con los aviones: por un lado,
simbolizan la holganza económica de los Miyazaki y, por otro, el sufrimiento de la guerra.

El vuelo de Hayao Miyazaki ha sido largo y vertiginoso. Desde sus inicios y hasta su última película con el estudio Ghibli, fue un artista fiel a sus valores, un precursor —en sus primeros trabajos— y un defensor —al final de su carrera— de la animación tradicional en un mercado gobernado por los medios digitales. Como dato curioso, el nombre del estudio deriva del apodo que los pilotos italianos le daban a sus aviones mientras exploraban el desierto del Sahara.

Alrededor de los aeroplanos, como soporte que posibilita el vuelo, está el viento, elemento natural que Miyazaki honró a lo largo de su filmografía. Akira Kurosawa, a quien mencioné al inicio del artículo, se sirvió del horror del terremoto de Kantō para, más adelante, plasmar sus ideas fatales sobre la humanidad. Miyazaki, con sus propias memorias de pasajes terribles, con un pasado similar al del otro cineasta japonés, y con el mismo medio para narrar historias, emprende un vuelo distinto. Uno que no requiere de armas, sino de optimismo. Y, aunque ha declarado que abandona el cine, algunos queremos creer que él nunca aterrizará.

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Davo Valdés de la Campa

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