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Andanzas

Deja que el agua se asiente

Miguel Ángel Hernández Acosta

Deja que el agua se asiente

No recuerdo cuando comenzó el proceso de decadencia de mamá. Sé que hace siete años, cuando nació mi hijo, aún era una mujer que cada mes iba al salón de belleza a pintarse el pelo, que usaba joyería todos los días, y que prefería la ropa de colores claros y los labiales de tonos rojizos. Para el bautizo de su nieto, un año después, en las fotos aparece con bastón y unos mallones que denotaban cómo se había adelgazado su cuerpo. A partir de entonces, la memoria es porosa y seguramente me engaña. La veo acudir a un médico, visitar a un especialista, ser internada varias veces en hospitales y salir de ellos con un nuevo diagnóstico que hacía que todo el esfuerzo y el dolor de interminables inyecciones no hubiera valido la pena. De forma proporcional, su buró se iba llenando de medicamentos: a la diabetes se le añadió la depresión, la apnea del sueño, el estrés, la ansiedad, la desmemoria y, finalmente, un tumor en el cerebro.

Su estado de ánimo también cambió y, cuando le sobrevenían ataques de furia, había que soportar maldiciones que ningún hijo —o, mejor dicho, ninguna persona— debía escuchar en su vida, las cuales eran imposibles de borrar, aunque después nos regalara mimos que a nuestros oídos resultaban hipócritas. Es decir, en menos de siete años desapareció la imagen de aquella madre amorosa y platicadora de la juventud.

Hace unas semanas terminó en la sala de urgencias. Fueron sólo un par de noches, pero quien ha estado al lado de un familiar dentro de un hospital público viendo cómo le canalizan los brazos, cómo debe recurrir a uno incluso para orinar o moverse, sabe que ese breve periodo es capaz de desestabilizar a la persona más estable. Al salir de allí teníamos una sola opción: una operación para extirparle el tumor cerebral y la esperanza de que si bien quizá no mejoraría su salud, al menos ya no podría empeorar.

Las cuestiones del cerebro son raras. El neurocirujano sabe que existe una bola que debe quitar, pero no puede asegurarnos que, al extraerla, el cerebro volverá a su condición normal; no puede saber si la memoria de mamá regresará, si su ánimo mejorará, o si ella dejará de caminar con ese arrastrar de pies que precede a la tristeza. Hasta que abran el cráneo podrán saber si pueden quitar por completo el tumor o no, si lo que contiene es líquido o ya tiene calcificaciones y, lo más importante, si mamá sobrevivirá.

Por eso, aunque ya no lo hacía, he comenzado a hablar con ella y a plantearle la situación. Es difícil porque cuando estoy terminando de explicarle qué harán cuando le abran el cráneo, ella me mira con inocencia y me pregunta cómo estoy, cómo está mi familia, como si apenas en ese instante yo acabara de llegar. Es complicado porque cuando logro que mantenga su atención y sus recuerdos por más de media hora, su estado de ánimo se vuelve tosco y no quiere saber nada de médicos ni hospitales.

Hace unos días se lo confesé, sin saber si podría recordar o no mis palabras: “Ya no sé qué más puedo hacer, mamá. Te hemos llevado con muchos doctores, has tomado toda la medicina, has seguido la dieta, pero tu salud no mejora. Cinco años tomando antidepresivos no me parece correcto, sobre todo porque sigues igual. Te juro que diario pido una señal que me indique el camino a seguir, pero hoy, justo hoy, ya no sé qué más hacer”. Ella me miró con esos ojos cansados que ahora tiene, aceptó operarse y después dijo que le echaría ganas —lo que sea que signifique esa frase. Un minuto después, me preguntó por qué tenía tanto tiempo sin ir a su casa, como si recién hubiera llegado. Por dentro me derrumbé.

En ocasiones la vida es así. Existen miles de frases motivacionales para seguir adelante: “Dios escoge a sus mejores guerreros para las batallas difíciles”, “El momento más oscuro de la noche es cuando está por amanecer”, “Si Dios no supiera que puedes con esta prueba, no te la habría puesto”; pero juro que ninguna de ellas logra regalarnos un poco de consuelo. A nadie lo preparan para afrontar los tiempos complicados y, por más optimismo que guardemos en el corazón, llega un día en que lo único que queremos es rendirnos: para dejar de sufrir, de llorar, de sentir que el cuerpo no es sino un huracán de tristeza y lágrimas.

Mis padres, desde que era adolescente, me han repetido de forma constante que me educaron para ser una roca que soporta todo, que es capaz de no rendirse y seguir incólume. Pero ya no puedo más. Ver a mi madre en esa condición me aniquila, observar que mi padre también se está consumiendo me llena de temores, y saber que no hay nada que se pueda hacer me ha convertido en el ser más impotente.

Le he dicho a mamá que no nos queda más que ingresarla en el quirófano, rezar porque todo salga bien e intentar que el tratamiento postoperatorio sea sencillo y efectivo. Mi padre sólo me mira como implorando que todo acabe ya, que esta penuria de siete años llegue a su fin. A él también le he confesado que ya no sé qué más hacer, que por esta única ocasión me siento rendido y no quiero seguir peleando, que debemos dejar que la vida obre y nos regale una solución. Para dejarlo un poco tranquilo, le he contado esa anécdota budista en donde el maestro le pide a su alumno que vaya al río por un poco de agua para beber. El joven, al llegar, se da cuenta que acaban de pasar algunas personas por ahí y el agua esta mezclada con tierra y lodo, por lo que es incapaz de cumplir con su misión. Al decírselo al maestro, éste le pide que espere media hora y vuelva al río. Una vez pasado el tiempo, el alumno regresa y encuentra el agua clara: “A veces lo único que necesitas es quedarte tranquilo, esperar, y todo recupera la claridad”. Así pues, les he dicho a mis padres que quizá sea hora de que dejemos que la vida haga cuanto le corresponda y confiemos en que pronto el agua dejará de estar turbia. Y ellos han aceptado…

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Miguel Ángel Hernández Acosta

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