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Espiritualidad

Espiritualidad para indecisos y principiantes

Sabú Affer y Noé Jáuregui

Espiritualidad para indecisos y principiantes

Espiritualidad: un término que cambia dependiendo de quién lo defina. Tal vez el modo más claro de explicarlo sea mirando a su opuesto: el materialismo que te dice que sólo la experiencia concreta a través de los sentidos tiene visos de realidad; que somos átomos, células y tejidos que cobraron conciencia, y ésta desaparece con la muerte. Pero si esta explicación no te es suficiente, intuyes que hay algo más allá y quieres explorarlo, pero no sabes por dónde empezar y no quieres caer con charlatanes o en el autoengaño, aquí tienes esta simple guía.

Aprende a meditar. Empieza por algo práctico: conocerte a ti mismo. Para ello, existen técnicas como, por ejemplo, la escuela Zen. Puedes empezar contando respiraciones del uno al diez; al principio, te darás cuenta de cómo tu mente revolotea por todos lados antes que concentrarse en esta sencilla tarea. Después, notarás patrones en tus pensamientos que no te dejan llegar al diez. Así, sabrás qué es lo que te preocupa, tus temores y deseos profundos, y podrás vislumbrar un poco mejor un lado tuyo que no conocías.

Haz lectura crítica. Busca libros que te hagan pensar de otro modo y ofrezcan experiencias distintas a las que te son familiares. No es necesario dar un salto cuántico a clásicos espirituales: puedes ir paso a paso, empezando con libros de filosofía como 101 experiencias de filosofía cotidiana, de Roger-Pol Droit, o Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, de Robert M. Pirsig. Haz como los científicos con su hipótesis nula: piensa “Si la realidad no es sólo material, ¿cómo es entonces?”, y busca en cada lectura, ya sea en El Principito o Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking, la respuesta a esta interrogante.

Ejerce la gratitud. Es fácil pensar que uno puede ser arquitecto de su propio destino; pero incluso quienes se dedican a la arquitectura necesitan maestros, tanto los que enseñan los principios básicos de la profesión como los de obra, que harán concretas las líneas sobre un papel. Del mismo modo, cada uno ha llegado adonde está gracias a las personas que nos brindaron apoyo, ayuda, enseñanza y alegría. En esos casos, es fácil mostrar agradecimiento; pero, ¿qué hay de la gente que se convirtió en un rival formidable, obligándonte a defender férreamente lo tuyo? La gente que te lastimó también te enseñó a no confiar ciegamente sin saber si hacías lo correcto e hizo brotar recursos que tal vez no sabías que estaban ahí: también en esos casos debes agradecer la enseñanza. Esto no es una ironía: muchas veces las mejores enseñanzas las dan nuestros enemigos. Antes de dormir agradece a quien hizo posible que aprendieras algo.

Cambia de contexto. Si pasas la mayor parte de tu tiempo en la “jungla de asfalto”, no es difícil pensar que el concreto, el vidrio y el acero son la materia prima del universo, y como son materiales moldeados por la mano humana, quizá te sientas confiado en que puedes dominar la realidad. Pero recuerda la primera vez que saliste del entorno urbano: desde el aire puro que resulta tan inusual que te hace toser hasta el no tener puntos de referencia —habrá quien se pierda en un bosque durante horas—, el salir de tu ambiente cotidiano puede ayudarte a aflojar las ideas fijas sobre qué es la realidad. Quizás ahora no te resulte posible planear una salida fuera de la ciudad, pero puedes probar otras pequeñas aventuras: ¿qué tal ir a sitios que normalmente no frecuentas o pasar un fin de semana incomunicado, sin televisión, redes sociales ni teléfono? Tal vez sacar la nariz del smartphone te pueda mostrar otra realidad.

Ten mente de aprendiz. A veces, frente a nuestros ojos se desarrollan hechos cotidianos y aburridos; pero si aplicas el Shoshin o mente de aprendiz —aquella en que ves los hechos con el mismo asombro y extrañeza de quien los ve por primera vez—, podrás descubrir aspectos nuevos a partir de la cotidianeidad.  No des nada por hecho, mira algo tan cotidiano como tu propia mano del mismo modo que lo haría un recién nacido: con asombro, fascinación y total atención. Tal vez explicando cómo funciona tu mano izquierda puedas descubrir un secreto del universo.

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Sabú Affer y Noé Jáuregui

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