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Carl Sagan, el divulgador científico más querido

Fernando N. Acevedo

Carl Sagan, el divulgador científico más querido

Aunque tú no lo hagas, él sí creía en la vida extraterrestre. Probablemente no como la imaginas ni como quizá él mismo la imaginaba al leer, en su infancia, las narraciones de Edgar Rice Burroughs en las que John Carter viajaba a Marte mediante el sencillo truco de cerrar los ojos y desear fervientemente estar allí.
Así fue que Carter supo de sus habitantes, que llamaban Barzoom a su planeta, y que conoció y se enamoró de la hermosa princesa Dejah Toris e hizo amistad con Tars Tarkas, un guerrero verde de cuatro brazos y tres metros de altura.

'Una princesa de marte', de Edgar Rice Burroughs

Hijo de un emigrante ucraniano y de un ama de casa neoyorquina, Carl Edward Sagan nació el 9 de noviembre de 1934 en Brooklyn, Nueva York. Su padre, Sam, era un judío que trabajaba cortando telas en una fábrica de ropa durante la Gran Depresión; su madre, Rachel, era ama de casa y, a decir de su hija Carol, “ella era la intelectual de la familia e inculcó su amor por el estudio a Carl”.

Ambos padres deseaban lo mejor para él, así que desde pequeño alimentaron su curiosidad, como cuando a los cuatro años de edad lo llevaron a la Gran Exposición Mundial de 1939, donde el pequeño Carl quedó maravillado por los avances tecnológicos y científicos que catapultaron su mente hacia el futuro.

Unos años más tarde, su madre lo llevaría a la Biblioteca Pública de Nueva York, donde Carl solicitó un libro que hablara acerca de las estrellas y la encargada le entregó uno sobre las “estrellas” de Hollywood. Luego de especificar a qué clase de estrellas se refería, tuvo en sus manos un libro de astronomía que devoró completo.

Su destino era viajar a las estrellas, pero jamás pudo llegar físicamente a Marte, por mucho que cerrara los ojos y lo deseara. Sin embargo, con el tiempo y gracias a sus estudios e imaginación, logró “visitar” no sólo Marte sino todo el Universo conocido. En dicho viaje nos llevaría con él, en los años ochenta del siglo pasado, gracias a la serie que abrió los ojos hacia la ciencia y al Universo a millones de televidentes 1  en más de 60 países, Cosmos: un viaje personal. 2 

Carl Sagan con un modelo del explorador 'Viking'

Carl Sagan con un modelo del explorador Viking que aterrizaría en Marte, en una escena de la serie Cosmos.

Muchos relacionamos a Sagan con la serie de televisión o el libro homónimo, pero para algunos de nosotros fue el divulgador científico más cercano que tuvimos. 3  Como escritor, además de Cosmos, es autor de la novela Contacto —de la que se hizo una versión fílmica con Jodie Foster— y de más de una docena de libros de no ficción, como Los dragones del Edén, que le valdría el Pulitzer en 1978.

También escribió Murmullos de la Tierra, sobre la elección del contenido del disco-mensaje que llevan a bordo las naves de la misión Voyager; Un punto azul pálido, una perspectiva del ser humano en el Universo; La conexión cósmica, centrado en la posibilidad de vida extraterrestre, y Los dragones del Edén —que intenta explicar el método científico e invita al pensamiento crítico y escéptico al público en general—, además de decenas de ensayos, la mayoría de carácter científico.

Placas de las sondas Pioneer y Voyager

Placa colocada en las sondas espaciales Pioneer 10 y 11 (izq.) y disco en las Voyager 1 y 2 (der.). 4 

Entre sus logros científicos destacan el haber deducido correctamente que la superficie de Venus era árida y seca —al contrario de lo que se pensaba: casi un paraíso tropical—; contribuyó en el diseño y administración de las misiones Mariner a Venus; supuso la existencia de componentes líquidos en la superficie de Titán, luna de Saturno, y agua bajo la superficie de Europa, luna de Júpiter, y aportó información sobre los cambios estacionales en Marte.

Sagan también intuyó que el calentamiento global era un peligro causado por el efecto invernadero, similar al que azota la superficie de Venus; especuló, junto con su colega de la Universidad de Cornell, Edwin E. Salpeter, acerca de posible vida en las nubes de Júpiter debido a la densa composición atmosférica rica en moléculas orgánicas, y determinó que los cambios de color en la superficie de Marte se deben a los cambios en la superficie causados por tormentas de viento.

Finalmente, Sagan investigó seriamente la posibilidad de vida extraterrestre y realizó experimentos que demostraron la producción de aminoácidos a partir de elementos químicos básicos por medio de radiación. Por todo ello, en 1994 recibió la Medalla de Bienestar Público —Public Welfare Medal— de la Academia Nacional de Ciencias por sus "distinguidas contribuciones en la aplicación de la ciencia para el bienestar público".

Ilustración para el libro 'Cosmos'

Ilustración de Adolf Schaller de seres vivientes imaginados por Sagan y Salpeter, volando en la atmósfera de Júpiter, para el libro Cosmos.

Carl luchó contra la opinión de muchos de sus colegas, quienes no lograban entender que él no pensaba en la posibilidad de vida extraterrestre como los seres humanoides o monstruosos de la ciencia ficción, sino como seres vivos, quizá organismos moleculares, quizá microbios, con diferente biología incluso que la nuestra, basada en el carbono. De hecho, argumentó durante mucho tiempo en contra de la veracidad de avistamientos de ovnis, y particularmente en contra de las historias de abducciones humanas por parte de seres extraterrestres.

Nunca dejó de observar a su propio planeta, a su gente: militó con éxito a favor del desarme nuclear en plena Guerra Fría, habló científicamente sobre la veracidad del calentamiento global, argumentó con pruebas en contra de las pseudociencias y advirtió sobre el peligro de dejar arder por mucho tiempo los pozos petroleros que Saddam Hussein quemó en Kuwait —lo que provocaría un efecto similar a un invierno nuclear.

Sagan impulsó la búsqueda de objetos cercanos a la Tierra, pero mencionando el peligro de utilizar varios métodos propuestos para defendernos en caso de colisión, e incluso abogó en favor de la noción de un posible “envenenamiento por testosterona” —metáfora peyorativa, estereotipo del comportamiento machista— que hace al sexo masculino humano proclive a la guerra y al genocidio.

Nuestro querido Carl Sagan murió a consecuencia de una neumonía en la madrugada del 20 de diciembre de 1996, a la edad de 62 años. Había luchado durante dos años con una enfermedad llamada mielodisplasia y recibido tres transplantes de médula ósea.

Nos dejó para fundirse con la energía del Universo, pero una de las cosas más preciadas que nos legó es la sensación de que, no obstante que seamos “un pequeño grano de arena en la playa del océano cósmico”, nuestra importancia reside en que, mientras no nos encontremos con otros seres inteligentes, somos “la única oportunidad que tiene el Cosmos de mirarse a sí mismo”.

'A pale blue dot'

Imagen de la Tierra tomada por el Voyager 1 el 14 de febrero de 1990. 5 

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1 Se estima que la serie, escrita en conjunto con Ann Druyan y Steven Soter, fue vista al tiempo de su transmisión original, por al menos 500 millones de personas.

2 Para acompañar su salida, Carl publicó el libro Cosmos.

3 En el siglo XX tuvimos también, como divulgadores más destacados, a James D. Watson con La doble hélice —la historia del descubrimiento de la estructura del ADN— y, por supuesto, a Isaac Asimov con El electrón es zurdo y otros ensayos científicos.

4 Las placas de los Pioneer 10 y 11 fueron diseñadas por Sagan y Frank Drake. Los discos de las sondas Voyager 1 y 2 llevan contenido sonoro y fotográfico seleccionado por un comité presidido por Sagan. Ambos son un mensaje para cualquier ser que pudiera interceptar las naves, con indicaciones gráficas de su origen y localización y, en el caso de los discos, con instrucciones para poder ver y escuchar el contenido.

5 La Tierra (dentro del círculo amarillo) tomada por el Voyager 1 a 6 mil millones de kilómetros de distancia —más allá de Plutón—, obtenida por sugerencia de Sagan a la NASA como un “vistazo final a casa” antes de adentrarse en el espacio fuera de nuestro sistema solar. Ésta inspiró el título del libro de Sagan Pale Blue Dot: A Vision of the Human Future in Space (Un punto azul pálido: una visión del futuro humano en el espacio), 1994.

Fernando N. Acevedo

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