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Ficciones

En el jardín de la tía Ida

Cecilia Durán Mena

En el jardín de la tía Ida

Me gustan cierto tipo de oscuridades, como la que se forma en el jardín de la tía Ida debajo de la higuera, o la sombra del floripondio blanco en un día soleado. En general, las historias de timidez buscan una compensación: “es cohibido, pero tiene grandes dotes de análisis”, “es introvertido pero muy guapo” y una serie de balances que, en mi caso, resultaban innecesarios. Mi timidez era como ese lugar fresco que se busca cuando no se puede más con la fuerza de los rayos del sol. Claro, no todos piensan así y no siempre fue fácil… aunque tampoco tan difícil.

En retrospectiva, puedo decir que no estuvo mal. Cuando visito esos recuerdos, desde el lugar de seguridad que dan los años que ya pasaron, la perspectiva cambia. El tiempo nos dota de recursos para elegir con qué recuerdos quedarse y cuáles podemos desechar. Alguna vez mi tía Ida me dijo que la memoria se cree una fuerza tan poderosa que puede subordinar al cerebro, y no: es la libertad quien impone su criterio dominante y arbitrario, la que elige qué borrar y que atesorar. Sin embargo, al recordar esos años, me sudan las manos. Si, aún tienen ese impacto.

Mi experiencia en los años escolares no fue fácil; en realidad, nunca lo fue ni hubo forma de mejorar. Jamás esperé a que llegara el primer día clases, nunca me urgió reencontrarme con mis compañeros de primaria ni tuve la esperanza de que la secundaria fuera diferente. Durante mi tiempo escolar, siempre me costó trabajo estar entre esa gente. Demasiado, a decir verdad. No me sentía cómodo hablando con otras personas, no me invitaban a jugar futbol o basquetbol, pues tengo tanta habilidad como si hubiera nacido con dos pies izquierdos. Siempre recibía miradas condescendientes que trataban de transmitir un sentimiento benigno y terminaban siendo una amarga muestra de lástima. Para mí, tenían el mismo efecto que si me quemaran la piel con un cerillo.

Crecí mucho, parecía una lombriz erecta con postura jorobada. Mis manos eran excesivamente largas, la piel muy pálida, los ojos pequeñísimos y el cabello demasiado rizado, muy rubio. Las cicatrices del cuerpo se fueron borrando con el crecimiento, pero yo sentía que todos las veían y eso no me gustaba. Entre una clase y otra, no hablaba con nadie, caminaba rápido al ir a mi casillero, mirando al piso, aparentando estar ocupado. La mayoría de los fines de semana los pasaba leyendo libros, haciendo tarea o viendo por enésima vez mis programas favoritos de televisión. Encerrado entre las paredes de mi cuarto, me gustaba asomarme a ver los jardines de los vecinos, especialmente los de la casa de al lado, donde un matrimonio de ancianos habían plantado árboles muy raros.

La tía Ida quería que mi experiencia estudiantil fuera diferente, pero no estaba segura de que lo sería. Yo siempre tuve la certeza de que jamás sería así. Ver a mis compañeros era experimentar un arrebato de terror. No quiero hablar con ninguna de estas personas, no quiero tener que pasar por penosas presentaciones y silencios incómodos. No seas tonto, no te van a morder. Relájate. Le decía que sí y en el salón me pasaba las horas mirando fijamente mi escritorio, sin voltear a ver o hablar con nadie. En el recreo, me iba a la biblioteca y cuando la encargada me pedía que saliera a jugar al patio, me iba a la enfermería. ¿Era tan difícil entender que me resulta imposible romper barreras?

No son barreras, es hielo: derrítelo, me aconsejaba la tía Ida y, aunque trababa de evitarlo, el melodrama le salía por esos ojos tan azules que parecían dos piedras hechas de agua de mar. Pero ella no entendió que mi sistema nervioso responde rápidamente a situaciones estresantes y es lento para calmarse de nuevo. A diferencia de ella, en los eventos sociales me tiembla la voz, me paralizo y nunca sé que decir. Incluso ahora, me cuesta trabajo superar el miedo a hacer el ridículo.

Puedo verme caminar a la escuela, como si fuera un Sísifo adolescente y estuviera empujando la roca cuesta arriba en la montaña. Caminaba lentamente, poco a poco, con pasos cortos y esforzados. Estás muy consentido, decía mi tía Ida y me abrazaba, como si ella tuviera la culpa, como si quisiera ser un ángel que me resolviera el problema. Y estoy seguro de que si mi tía hubiera podido habría empujado con sus manos tan pequeñitas la roca de mi encogimiento. Todos, la directora de la escuela, mis maestros y la psicóloga, coincidían en lo mismo y yo estaba de acuerdo: para tirar las barreras de la timidez, lo primero es querer hacerlo. Y yo no quería. Tenía mis razones. Lo que para otros era monotonía, para mí eran los momentos favoritos. ¿Por qué renunciar a este refugio?

No sé si es el recuerdo o la libertad que extrae los elementos que quiere de la caja de Pandora, pero ya desde entonces me quedaba claro que una cosa es ser introvertido, y otra muy diferente ser un cobarde. Vamos a ver, siempre he sido tímido, pero jamás he sido un gallina. Sé que la tía Ida lo sabía. Lo sé por esa forma en la que me miraba cuando íbamos al panteón. Guardaba silencio, se paraba a mi lado y no me decía nada. Esperaba todo lo necesario para que pudiera dejar las flores y nunca se desesperaba si quería quedarme toda la tarde contemplando la lápida de mis padres. Eres valiente, me decía mientras manejaba de regreso a casa; yo sonreía y me ajustaba el cinturón de seguridad en el asiento trasero.

La tía Ida ofrecía esa compañía que apacigua las voces interiores y se preocupaba por crearme la ilusión de que no había cortes en la vida, que ahora se cerraba una puerta para que se abriera otra. Siempre puso a mi disposición un territorio libre y generoso en el que me pude mover sin pensar en fronteras, un terreno en el que podía refugiarme en las pastas de un libro, cobijarme en las notas de una partitura y despojarme de la pena al tocar el piano. Pero sé que quería que en algún momento yo me insertara en la vida social, en alguna vida social. Hizo esfuerzos: me inscribió a una clínica de tenis, a clases de francés, a talleres de oratoria.

Algunos creerán que ser tímido es vivir la vida de un náufrago que es arrojado por las olas a una isla desierta, y algo hay de eso. Como quien llega a esa playa solitaria y tiene que buscar pedazos de madera, rocas, troncos para hacerse de un espacio que le dé abrigo, soy de los que busco elementos. Construyo con lo poco que quedó. Así somos los sobrevivientes. A veces, esta forma de ser me hace sentir que soy indiscreto, porque la gente va por el mundo un poco a ciegas y un mucho expuestos. Hablan y no se fijan en lo que dicen, cuentan sin darse cuenta de lo que están compartiendo, y muchas veces no importa porque nadie pone atención. Pero yo sí. Las personas van improvisando la vida sobre las bases de un guión inexistente, dejando expuestos sus demonios interiores. Pero yo no. Yo no me adapto al ritmo que marcan, a mí me interesa hacerlos entrar en el mío. Generalmente lo logro.

En ocasiones, los recuerdos deciden aparecerse por vías absurdas. De pronto, un suspiro me trae a la mente la cara de la tía Ida, mortificada por la monotonía con la que llenaba los momentos de la vida, mientras me mordía la uña del dedo pulgar. En realidad, los fantasmas no se asoman por debajo de la cama ni si ocultan detrás de la puerta del clóset. Hay escritores que no podemos trabajar en espacios demasiado habitados y preferimos los espacios angostos, con la puerta entrecerrada o totalmente clausurada. Abrir es permitir que las ideas se vayan volando, cerrar es tener todo acomodado en un cajón y permitir que ordenadamente vayan destilándose en forma de letras.

Si me preguntaran las razones por las que preferí ser tímido, es porque siempre he creído que en ese hueco que se forma por silencios y titubeos está el verdadero escritor. En esa rasgadura, en el desgarrón debajo de la cicatriz, ahí está la mejor versión de lo que puedo ser. En esa oscuridad del jardín de la tía Ida en la que se forma el habitáculo ideal para leer, en esa ventana que me permitió ver tantas veces los árboles raros que plantó la pareja de vecinos ancianos, en aquellas tardes en que ese silencio fue llenando el vacío de un huérfano al que el destino quiso dejar con vida por llevar puesto el cinturón de seguridad mientras sus padres discutían…

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Cecilia Durán Mena

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