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Esa fiebre llamada Lisztomanía

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Esa fiebre llamada Lisztomanía

Para quienes conciben a la música mal llamada “clásica” como una manifestación sublime, seria y elevada, quizá les sorprenda saber que, hace poco más de siglo y medio, uno de sus compositores e intérpretes más encumbrados desató reacciones similares a las que un Luis Miguel en su apogeo provocaba entre sus fanáticas. Este fenómeno se llamó “Lisztomanía” y giró en torno a la figura del pianista austro-húngaro Franz Liszt a la mitad del siglo XIX.

Y es que uno, que fue testigo lejano de los arrebatos, los gritos y los llantos en las presentaciones de teenage idols como Menudo y Los Chamos, allá en la lejana década de los ochenta, y ha visto en gastadas imágenes de video cómo Elvis Presley o The Beatles —antes, Franz Sinatra, y después de ellos, hasta The New Kids on the Block o los Backstreet Boys— llevaban hasta el paroxismo a miles de fanáticas, podría pensar que tales manifestaciones eran cosa de la alocada segunda mitad del siglo XX. Pero no fue así.

Desde luego, había sus diferencias. Pero empecemos por el principio.

Franz Liszt nació en 1811 en Raiding, un pueblo hoy ubicado en Austria y entonces perteneciente al todopoderoso Imperio astro-húngaro. Desde muy pequeño, recibió una esmerada educación musical de su padre, el también músico Adam Liszt. A sus veintiocho años, Franz ya era un consumado pianista y en 1839 empezó a viajar por Europa, dando conciertos y recibiendo elogios de la parte de la crema y nata intelectual de la época.

Fue en 1841 cuando la fiebre que habría de contagiar a Europa dio sus primeros signos de existencia: en la noche de Navidad, Liszt llegó a la ciudad de Berlín, donde pronto corrió la noticia de la llegada del superstar. Unos días después, el 27 de diciembre, Liszt dio un recital en la Singakademie de Berlín, ante una multitud asombrada y expectante. Algunos historiadores dan por hecho que esa noche dio inicio la Lisztomanía.

La también llamada “fiebre de Liszt” consistía en una serie de reacciones histéricas como gritos, llantos, ánimos exaltados y desmayos —en especial, de parte de las damas— ante las interpretaciones al piano del austriaco. Testigos de la época describen a un joven rubio con piel como de marfil, vestido enteramente de negro para acentuar su blancura, llegar al sitio del recital, sentarse con autosuficiencia en el banco frente al piano y despojarse lánguidamente de los guantes de piel que protegían sus dotadas manos. Entonces, la gente se arremolinaba en torno a él para obtener una de esas preciosas prendas que el músico, como por descuido, procuraba arrojar para propiciar una arrebatada disputa.

En abril de 1844, la Lisztomanía estaba en su apogeo. En esos días, el escritor Heinrich Heine describió el fenómeno cuando lo observó de primera mano durante unos conciertos del rockstar del momento en París.

Según sus crónicas, había toda una industria que se enriquecía vendiendo toda suerte de parafernalia en torno a Franz Liszt: los mechones de su cabello podían alcanzar precios estratosféricos en el mercado negro, sus guantes y pañuelos eran altamente codiciados, y las damas de la época portaban un retrato de él en sus broches y camafeos.

También se vendían las cuerdas rotas de su piano e incluso los restos del café que el genio había bebido. Pero más allá de los objetos, estaba la emoción desbordada y el furor que engendraban entre las multitudes las prodigiosas manos de Liszt al pulsar las teclas de un piano. “Una verdadera locura. ¡Sin precedentes en los anales del furor!”, escribió Heine en un folletín fechado el 25 de abril de 1844 en París.

Desde entonces, varios estudiosos han querido explicar, desde la óptica de la psicología y la sociología, la Lisztomanía que recorrió Europa en la década de 1840, casi con la misma curiosidad y el interés que ciento veinte años después los sociólogos tratarían de explicar, con teorías como de una “líbido sublimada”, las reacciones eufóricas y casi de éxtasis que a lo largo del siglo XX causaron crooners como Sinatra, Elvis “la pelvis”, los cuatro de Liverpool o Jim Morrison, e ídolos adolescentes desde David Cassidy hasta Justin Bieber y sus believers.

Pero este humilde sombrerero propone una aproximación distinta: en lugar de tanto razonar, te sugiero que cierres los ojos, abras los oídos y te sumerjas en la prodigiosa música de Franz Liszt. Quizás eso, y no tanto sesudo razonamiento, te permita entender por qué las damas se permitían gráciles desmayos cuando la emoción desbordaba el piano, inundaba el aire y se convertía en algo que franqueaba las prisiones de los átomos… y de las palabras.


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