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Espiritualidad

¿De qué sirve la oración?

Josué Ortega Zepeda

¿De qué sirve la oración?

Dicen que la valentía es el miedo que recita sus oraciones. No me jacto de ser valiente, pero ciertamente he tomado muchas decisiones “aventándome como el Borras”, sin meditarlo y sin dar tiempo a que la cabeza enliste todos los factores en contra y me haga pensar dos veces antes de saltar desde la plataforma de diez metros.

Sobre el poder de la oración, quisiera compartir una anécdota personal: al principio de la década de los dos miles me vi recién casado, con mi primogénito bebé, sin trabajo, rentando un departamento que me exigían desalojar en una semana y, claro, sin dinero para mudarnos o dar un depósito. ¡Vamos!, ni siquiera tenía otro lugar adónde ir. Mis padres, como católicos que siempre han sido —y con la idea de que yo ya era un adulto capaz de hacer frente a la situación—, sólo me ofrecieron orar por mi problema.

Sucedió entonces que, coincidentemente, un amigo de la familia llamó por teléfono a mi madre para preguntarle si sabía de alguien que necesitara rentar un departamento; por increíble que parezca, éste estaba en el mismo multifamiliar donde vivía con mi esposa. Para no hacer la historia larga, al término de la semana ya tenía trabajo y casa, un amigo nos ayudó a mover nuestras pertenencias —así que no tuve que pagar mudanza— y sólo tuve que dar un adelanto simbólico para ocupar la nueva vivienda.

Cada quien es libre de creer lo que quiera, pero yo vi en esos hechos la respuesta casi inmediata a las plegarias de mis padres, y esa es apenas una de las muchas veces que he visto o sabido de una especie de “respuesta divina” cuando una persona, o muchas, hacen oración para que una situación complicada se resuelva favorablemente.

Está en mi naturaleza creer en las respuestas divinas. A pesar de que ya no soy católico y no profeso una religión específica, necesito creer en Algo o Alguien incomprensible e inconmensurable que da propósito a toda la creación. Creo fervientemente que, al igual que muchos otros aspectos que se rigen por la genética, también existe el gen del misticismo: una tendencia humana a creer en un poder o conocimiento superior, que es compartida por una gran parte de la población mundial.

Aclaro que no deseo hacer proselitismo de ninguna religión, incluidos el catolicismo y el cristianismo. Al igual que Gandhi, que creía que todas las religiones habían sido creadas por el mismo Dios y que cada persona, de acuerdo con su configuración particular, necesitaba profesar de manera individual, creo que la Verdad no debe ser encarcelada por las rejas de las creencias, las formas y los localismos religiosos.

Entre las herramientas que existen en la mochila de la fe, muchos creyentes portamos la llave de la oración y me gustaría expresar humildemente la idea que tengo acerca de ella: para mí, la oración no es repetir mecánicamente una retahíla de frases, o sólo pedir sin cesar para que todas mis necesidades y deseos sean cubiertos, o darme golpes en el pecho, lleno de culpa y remordimiento por la perversidad de mi existencia.

Para mí, la oración es un diálogo, como esas escenas clásicas en las películas donde un par de amigos se sientan a tomar cerveza, ver la vida pasar, platicar sin inhibiciones y morir de risa. La diferencia es que el amigo con el que nos sentamos es la Fuente, Alá, Jesús, Yahvé, Brahma, Ahura Mazda, el Universo o como quieras nombrarle. Es el momento donde permito que la chispa divina en mi interior se haga una con el Océano Amoroso e infinito que, creo, es el origen de todo cuanto existe.

Hace unos días, conversando con mi hija, caímos en cuenta de que no todos profesan algún tipo de creencia religiosa y que, incluso, hay mucha gente que ataca o se burla de los creyentes, tildándolos de ignorantes. Es más: llegado a este punto en la lectura, es posible que pienses que mis creencias no son más que una sarta de ridiculeces.

Pero si, al contrario, al leer has sentido que las fibras de tu corazón se han conmovido, te hago una invitación: en este casi imposible 2020 es cuando hace más falta que nunca que acudamos al porche de nuestro espíritu y oremos, nos desentendamos del agobio de nuestros problemas y nos sentemos a charlar en completa familiaridad con “ese” amigo especial para darnos cuenta de que está ahí y sigue pendiente de nosotros.

Antes de concluir estas líneas, quiero citar las conmovedoras y sabias palabras de Mahatma Gandhi —quien, cabe mencionar, no era cristiano— acerca de la oración: “Yo no he hecho nada sin orar. No soy un hombre de ciencia, pero pretendo humildemente ser un hombre de oración”.

Bicaalú
Josué Ortega Zepeda

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