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Ficciones

El intruso

Andrea González

El intruso

Son las siete de la mañana en punto. El estridente sonido de la alarma de tu celular comienza a sonar sin piedad. Tratas de alcanzar el aparato con las puntas de tus dedos, pero en el intento, se te cae al piso y no tienes más remedio que ponerte de pie para recogerlo. Te vuelves a acostar en la cama, piensas que cinco minutos más de sueño no te vendrían mal, pero justo en el momento en que tus párpados se cierran, tu gato, Ciro, trepa a tu pecho y comienza a maullar. Maldices mentalmente, no sólo por la falta de horas de descanso, sino por la larga jornada de trabajo que te espera.

A pesar de tu deseo de darte un baño caliente, el agua de la regadera vuelve a salir fría, así que te enjabonas lo más rápido que puedes para acelerar el proceso. Sales de la ducha y te encuentras con las miradas curiosas de Ciro y Luna, tus mininos de pocos meses. Es una bendición tenerlos porque te hacen compañía en la inmensa casa, una herencia indeseada producto de la muerte de tu padre. Estas a punto de acariciar a Luna, pero ella te muerde con fuerza. Quitas tu mano de inmediato, la vista se te nubla, te comienza a doler la cabeza. Intentas dar un paso al frente, pero estás muy mareado. Lo último que escuchas es un maullido insistente.

Abres los ojos. De nuevo te has quedado dormido. No recuerdas en qué momento llegaste al cuarto de visitas. Compruebas la hora: tienes menos de cuarenta minutos para llegar al trabajo. Tomas tu portafolios; estás a punto de marcharte, cuando recuerdas que el día anterior olvidaste comprar el alimento de tus mascotas, así que sales disparado a la tiendita de la esquina, la cual, por fortuna, siempre abre temprano. Don José sabe qué darte cuando te apareces a esas horas de la mañana, pero notas que te observa fijamente con sus pequeños ojos y te pregunta si todo está bien.

Vuelves a casa, levemente extrañado por el comportamiento del anciano. Cuando llegas, ni siquiera reparas en que la puerta está entreabierta. Dejas la bolsa de alimento sobre la barra de la cocina y no te das cuenta de que uno de los cuchillos que colgaban cerca de la estufa ha desaparecido. Abres el empaque, el olor a atún invade tus fosas nasales. Colocas la cantidad adecuada de croquetas en cada uno de los recipientes y los agitas, como habitualmente haces para avisarles a tus mascotas que la comida está servida. Pero los gatos no aparecen.

Caminas escaleras arriba con los recipientes entre tus manos, piensas que con el aroma lograrás sacarlos de su escondite. Estás tan concentrado en buscar en cada rincón, que ignoras a la figura que te observa atentamente a través del espejo de cuerpo completo que está al fondo de tu habitación. Te detienes en seco, mientras tu atolondrado cerebro recibe el impacto de la escena a tus pies.

Cargas el cuerpecillo con delicadeza, la sangre de Luna está impregnada en tu ropa. Te dispones a huir, pero diriges tu mirada al espejo y entonces lo ves, con el cuchillo entre sus manos. Su sonrisa afilada se clava en tus pupilas y pierdes el conocimiento.

—Pero, señor Mendoza, no hay señales de que la puerta haya sido forzada —te dice la oficial por segunda vez—. ¿Está seguro de que no la dejó abierta?

—¡Ya le dije que no! —dices con más rudeza de la necesaria.

Llevas una hora hablando con los dos oficiales, quienes llegaron a tu casa poco después de que recuperaras el conocimiento y llamaras a la policía. Estás agotado y el dolor de haber perdido a Luna no te permite pensar con claridad.

—Vamos a levantar un reporte, señor. Si vuelve a notar algo extraño, no dude en llamarnos —dice el oficial antes de retirarse junto con su compañera.

Te diriges a tu habitación. La sangre de Luna se ha tornado oscura sobre la alfombra. Cierras los ojos como si así pudieras hacer desaparecer la mancha y decides buscar a Ciro, que sigue escondido en lo alto del clóset.

—Ven, Ciro, vámonos de aquí —le dices. El gato te observa, sus garras crecen y su pelaje se eriza. —Tranquilo, soy yo.

Ciro maúlla desgarradoramente. Te duele la cabeza.

—Carajo, ¡sal de ahí! —le ordenas tratando de alcanzarlo.

Escuchas pasos. Te quedas congelado, sientes que no te dará tiempo de pedir ayuda. No, nunca te da. Cada vez los escuchas más cerca; intentas correr hacia el teléfono para llamar a la policía, pero ya puedes percibirlo; está acercándose cada vez más y, justo cuando estás descolgando la bocina, vuelves a verlo a través del espejo. La amplia sonrisa se comienza a dibujar en tu rostro y, asustado, compruebas que, de nuevo, tienes el cuchillo entre tus manos.

Ciro sale de la habitación y tú corres tras él.

Bicaalú
Andrea González

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