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Óscar Chávez: cinco décadas de amor, humor y política

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Óscar Chávez: cinco décadas de amor, humor y política

El pasado 30 de abril, un viernes cuando millones celebraban desde la sana distancia a la niñez mexicana en su día, dos noticias —una casi enseguida de la otra— dieron un vuelco al corazón de muchos: por la mañana, que Óscar Chávez había ingresado al hospital con síntomas asociados al coronavirus y, un par de horas más tarde, que el gran cantautor se había marchado de este plano.

Resulta curioso —y, a veces, hasta chocante— cómo, cuando muere un o una grande de la música, de inmediato salen desde debajo de las piedras admiradores “de toda la vida” o quienes, alentados por el dolor y la nostalgia que uno siente cuando muere alguien extraño pero que nos resulta familiar y cotidiano, sienten la necesidad de compartir una anécdota personal con el difunto.

Por ti, se han vuelto llaga el Sol y el dolor,
se han vuelto mal el amor y la flor,
se ha vuelto mal la flor…

Yo no tuve esa fortuna. A lo mucho, me topé al señor en una Feria del Libro del Palacio de Minería, allá por los años noventa, y tuve un amigo que presumía una incipiente amistad con él. Pero de lo que sí puedo hablar es de su música.

Mi primer contacto con Óscar Chávez fue casi fortuito: en la casa de los abuelos, el álbum doble La Llorona me asustaba con su portada negra y sus grabados de esqueletos sollozantes. Pero la música llamó poderosamente a mi genética tehuana y se enganchó con las dos partes de su larguísima versión de “La Llorona”, con “La tortuga” y con su clásico “La ixhuateca”.

Yo andaba buscando la muerte
cuando me encontré contigo.
De ahí tengo el corazón
en dos mitades partido.
La una le teme a la muerte,
a la otra le espanta el olvido…

Más adelante, como le sucedió a muchos, empecé a aprender a tocar la guitarra de modo autodidacta y ayudado por el método de la revista Guitarra fácil. Así aprendí las pisadas y los acordes de sus más grandes éxitos —“Por ti”, “Mariana”, “El charro Ponciano”, “Macondo”, basada en Cien años de soledad, y “Hasta siempre”, dedicada al Ché Guevara—, e intentaba modular mi voz para que sonara como la de él —cosa que, desde luego, nunca sucedió.

Con el paso del tiempo, vi la película Los caifanes (1967) de Juan Ibáñez, en la que el “Caifán mayor” —mote que se ganó en la cinta— junto con sus comparsas revelan los secretos de la vida nocturna capitalina a una pareja de “niños bien”, interpretados por la bella Julissa y el insoportable Enrique Álvarez Félix.

Voy a buscarte / Voy a encontrarte
Voy a llevarte / Fuera del mundo
Tú y yo, nosotros dos /Ahora, así, aquí
Fuera del mundo, fuera del mundo…

Además de componer e interpretar sus propias canciones, su labor de rescate de la música tradicional mexicana y latinoamericana —sones, corridos, baladas, boleros— es de destacarse: ahí está, por ejemplo, su interpretación del poema del cubano José Martí, “La niña de Guatemala”, una dolorosa historia de amor y muerte que, en la voz del nativo de Santa María la Ribera, eriza la piel.

Y sin duda hay que mencionar su faceta de sátira política: desde principios de su carrera, Óscar Chávez fue un férreo crítico del sistema, en especial de la “dictadura perfecta” del PRI, de la cual se burlaba con canciones como “De ranchero a diputado” y en su versión de la clásica “La casita”, donde adaptó la letra tradicional para reflejar el enriquecimiento de un funcionario político.

¿Qué de dónde, amigo, vengo?
De una casita que tengo, allá por el Pedregal.
De una casita chiquita, con jardines,
alberquita y calefacción central…

Pero no todo era seriedad en este señor, a pesar de su voz grave y su semblante adusto: siendo un gran amante de la bohemia —mi amigo asegura que Chávez pasó su vida “invicto”, manteniendo un nivel estable de borrachera y sin conocer “la cruda”—, en sus letras se contagia el gusto por el licor y otros vicios, como en “La Semana Santa” y, claro, en las coplas de “La mariguana”…

Mariguana tuvo un hijito / y le pusieron San Expedito,
Como el abogado de los de Santana
porque era Sansón para la mariguana…
Mariguana, ya no puedo / ni levantar la cabeza
Con los ojos rete colorados / y la boca reseca, reseca.

Total que esa tarde de ese viernes se agolparon en mi mente todas estas letras, todos los recuerdos, toda esa música y todos esos años rascando las tripas de una guitarra que el tiempo extinguió. Sin mucho más que hacer —recordemos los rojos carteles que nos exhortan a quedarnos en casa, sabemos por qué—, este humilde sombrerero tomó sus rayados viniles y, alcohol en mano —¡faltaba más!—, rindió el último homenaje y el último adiós a tan ilustre señor.

¡Hasta siempre, comandante!

Bicaalú
Mad hi-Hatter

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