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Espiritualidad

Reflexiones de un agnóstico en torno a la muerte

Francisco Masse

Reflexiones de un agnóstico en torno a la muerte

El 24 de noviembre de 1992, la reina Isabel II de Inglaterra pronunció un discurso en el que nombró dicho año como un annus horribilis, una expresión en latín que significa “año horrible” y que fue usada por vez primera a finales del siglo XIX en una publicación de corte religioso. Por razones de sobra conocidas, no creo ser el único que piensa que el 2020 ha sido un annus horribilis.

Amén de la aparición de la pandemia y de la fatalidad que ha traído consigo, el 2020 permanecerá en mi memoria como un año en el que la muerte —al parecer, de paso por aquí en medio de tanta mortalidad pandémica— tocó mi ámbito familiar y se llevó, de un golpe, a las dos mujeres que me dieron vida y crianza.

Dentro de las reflexiones que surgen en la cabeza cuando uno está procesando los recuerdos de casi cinco décadas —así como los escenarios futuros en los que esas personas ya no estarán—, inevitablemente surge el tema de qué hay después de la muerte y si realmente existe Dios o una bondadosa entidad superior que tiene destinado un sitio hermoso y lleno de luz donde mis abuelos, mis tías y mi madre me esperarán hasta el día en que me reencuentre con ellos.

En este punto, es necesario aclarar que yo me declaro agnóstico. Esto quiere decir, en palabras sencillas, que mi postura ante la pregunta que planteé en el párrafo anterior es: “No lo sé y no creo que sea posible saberlo”. Ampliando la definición diría que, según yo, la razón humana no es capaz de proveer suficientes argumentos como para justificar tanto la creencia en la existencia de Dios como la creencia en que Dios no existe.

Y lo mismo aplica para la creencia en algún tipo de vida, existencia o consciencia después de la muerte. Entonces, cuando no se tiene el consuelo que tienen los creyentes en que quienes se fueron “están con Dios”, “te oyen y te cuidan” o “están en un lugar mejor”, y se contempla la posibilidad de que no haya nada más “del otro lado”, ¿cómo se halla alivio y aceptación ante la muerte?

¿Y si la muerte es el fin de todo?

En un artículo del diario HuffPost, el autor ateo Ali A. Rizvi nos dice que la religión fue creada por los humanos como un medio para hacer frente a su propia mortalidad y como un mecanismo de defensa ante un conflicto irresoluble, al parecer exclusivo del ser humano: contar con el mismo instinto de supervivencia de un insecto que está a punto de ser aplastado y, a la vez, con un sistema nervioso tan avanzado que le permite darse cuenta de que un día morirá.

Anciano y atardecer

Es un hecho que la cultura occidental y su postura ante la muerte ha sido influida de modo determinante por las ideas judeocristianas de la resurrección, de la vida en un mundo futuro, del Cielo y del Infierno. Y muchas personas han integrado creencias no cristianas como la reencarnación o la posibilidad de hablar o contactar a los espíritus de los muertos que, se cree, de algún modo persisten “por ahí”, etéreos pero asequibles si uno tiene fe o los necesita de veras.

Pero ese no es el único camino: otras religiones y escuelas filosóficas, sin prometer nada que no pueden garantizar ni apostar a la fe de nadie, brindan ópticas distintas al tema de la inevitabilidad de la muerte y lo que deja tras de sí entre quienes quedan vivos. Veamos algunas de ellas…

Reflexiones sobre la muerte

Hablemos del budismo: según los recuentos tradicionales de la vida del Buda, éste decidió ir en busca de la iluminación tras contemplar a un enfermo, a un anciano y, por último, a un cadáver: fue la conciencia de la muerte la que llevó al Buda a darse cuenta de la futilidad de las preocupaciones y asuntos mundanos, a renunciar al mundo y buscar una solución al dilema existencial fundamental.

Así fue que dio con la idea de la impermanencia: si la muerte es inevitable y la hora de su llegada es completamente incierta, cada momento es precioso. La existencia, entonces, es sólo una chispa de luz entre dos interminables océanos de oscuridad: una idea abrumadora y terrible, pero también muy liberadora, pues ante ella pierde sentido pasar la vida persiguiendo riquezas y placeres efímeros.

Hoja seca

En Las enseñanzas de Don Juan, Carlos Castaneda complementa esta idea: “La muerte camina a nuestro lado, por ello podemos sentirla físicamente, pero puede ser cualquier cosa; es la consejera que susurra sin cesar: ‘no tienes tiempo’." Así, una gran lección que ofrece la Parca es que nada ni nadie puede asegurar que estarás aquí mañana, así que no postergues lo importante.

Dos semanas después de que murió mi madre, pensé en visitar a la tía que me crió cuando era pequeño, y a la que vi bastante desmejorada. “Hoy estoy muy cansado, la veré la próxima semana”, pensé, sin imaginar que llegada la fecha la vería, sí, pero dentro de un féretro. La muerte no da segundas oportunidades.

Ahora quisiera hacer mención de lo que Robert M. Pirsig, filósofo y escritor estadounidense, autor de El zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, tiene que decir al respecto. Al final de su obra seminal, Pirsig lamenta el asesinato de su hijo Chris y formula la pregunta que, creo, todos quienes hemos visto partir a un ser querido nos hemos hecho: ¿a dónde se fue?

En medio del dolor, la lucidez de Pirsig revela algo esencial: las personas consisten de carne y huesos, pero no son sólo eso; desde otro punto de vista, forman parte de un entramado hecho con interacciones, emociones y recuerdos, que es más grande que lo que ella y nosotros alcanzamos a ver. Así, lo que extrañamos o nos duele muchas veces no es la ausencia física de la persona que partió, sino su esencia que fue arrancada del centro del patrón.

Cuando eso sucede, no hay nada que sostenga dicho entramado; por eso mucha gente visita incesantemente la tumba de su ser querido o se aferra a un retrato, una pertenencia o la última grabación que dejó en el teléfono: es como si el patrón intentara prolongar su existencia colgándose de otro objeto material.

Ante esa pérdida irrecobrable, ¿qué se puede hacer? Christel Manning, en el Harvard Divinity Bulletin, nos dice que “dar sentido” es percibir un sentido de confianza o coherencia en los sucesos de la vida, y convencerse de que tienen cierto orden y propósito, y no son aleatorios ni obedecen al caos. Dar sentido a la muerte es, entonces, un acto de interpretación personal.

Así, de todo lo anterior, ¿qué se puede interpretar que nos ayude a procesar la pérdida y el dolor de la muerte? No tengo una respuesta a esa interrogante, pero sí varias ideas, además de las que ya expuse. Y la que ronda con más fuerza en mi cabeza es la que dice que la muerte es la regla y la vida es una excepción, así que no hay lugar ni tiempo para intentos, ensayos o arrepentimientos.

Entonces, si hemos ganado la lotería de la existencia y nada nos dice que yo o los demás seguiremos vivos mañana, ¿para qué esperar para empezar a hacer, y ser, lo que siempre hemos querido? Quizá la pregunta que hay que hacerse no es a dónde fueron ellos… sino hacia dónde iré yo.

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Desde su tumba en Père Lachaise —o desde los surcos de vinilo—, Jim Morrison pregunta: “Al morir, ¿tendrías una buena vida, tan buena como para basar una película en ella?” Mi respuesta sería: “Sí, Jim; o al menos eso he intentado y lo seguiré intentando… en cuanto el dolor me permita levantarme”.

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Francisco Masse

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