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De buen humor

¿De qué estábamos hablando?

Josué Ortega Zepeda

¿De qué estábamos hablando?

—En una escala de 1 a 10, ¿qué tan distraído te consideras?
—Sí
Anónimo

Como artista y heredero de artistas que soy, puedo mencionar algunas de las características que, pienso, la mayoría de los del “gremio” tenemos en común: una fascinación por la música, la literatura, los museos, la naturaleza, el vino, la filosofía, la lógica y, en muchos casos, una gran atracción por algunos tipos de espiritualidad que no necesariamente tienen que ver con las religiones. Pero, por otro lado, no me atrevería a asegurar que todos o la mayoría de los artistas son distraídos o propensos a enredarse accidentalmente en eventos francamente cómicos.

Para hilarante diversión de los demás —y, en algunas ocasiones, desgracia de los de mi clan—, la comedia familiar incidental y accidental es el pan de cada día. Aún recuerdo a mi padre platicarnos de aquella ocasión: un día lluvioso después de la oficina en el que, mientras regresaba a casa y al percatarse de que todo mundo lo observaba con curiosidad, se sintió más atractivo e importante de lo común hasta que, al intentar entrar al vagón del metro, el paraguas desplegado se lo impidió; ¡había caminado desde la entrada de la estación, por las escaleras eléctricas y los pasillos hasta el andén con el paraguas abierto sobre su cabeza!

Pero la verdad es que no me atrevería a ventilar mucho más los eventos chuscos de mis consanguíneos porque, además de que se me podrían escapar los detalles —y, por ende, desvirtuarlos—, soy yo mismo el principal testigo de mis propias tonterías. Y es que, aunque les resulte difícil de creer, yo soy la persona con la que más he convivido a lo largo de mi vida.´

Fidget spinner para el estrés

Tendría unos ocho años, más o menos, cuando mi madre me pidió que llevara unos tuppers con comida a una vecina que estaba pasando por una precaria situación económica. Mis universos internos, muchas veces, me resultan más atractivos que la realidad. No tengo en mente qué sería lo que me tendría tan absorto en aquel momento; tal vez imaginaba que yo era Conan el Bárbaro luchando contra diez mil demonios. El punto es que el atarantado de mí, con tuppers en mano, avanzó con la mirada perdida hasta la entrada y, por dentro de nuestra propia casa, como si ya hubiera llegado a su destino, ¡llamó a la puerta! Tocaría dos o tres veces más antes de que mamá me descubriera y, después de una fuerte carcajada, me preguntara qué pepinos estaba haciendo. Me espabilé de golpe y, tras un bochornoso “¡Ay güey!”, salí corriendo para cumplir mi encomienda.

Pero si se me permitiera mencionar uno de los momentos más vergonzosos de la tragicomedia que represento, mencionaría uno de mi época preparatoriana. Hasta los quince años, aproximadamente, se puede decir que fui un chico retraído y temeroso de las multitudes. Fue gracias a que mis padres me impulsaron y apoyaron con diversos ejercicios que perdí el miedo y fui capaz de pararme frente a la gente y hablar. Aquella sería más o menos mi prueba de fuego, en la clase de Historia del Arte frente a un auditorio de unas cincuenta personas. Para mi buena fortuna, de un grupo de seis integrantes yo sería el último en exponer, lo que me daría la oportunidad de repasar, repetirme el discurso, revisar mis apuntes y tachar y depurar con bolígrafo para que mi conclusión del tema fuera apoteósica.

Después de cuarenta minutos de aburrida exposición de mis compañeros, y cuando la maestra y mis demás condiscípulos estaban a punto de caer dormidos, me llegó la hora de demostrar de qué estaba hecho y rescatar la situación. Subí cuatro escalones para llegara al alto foro y, cuando alcancé el quinto peldaño, sin saber si fue porque éste se achicó o se agrandó, me tropecé. Giré, sentí que una de mis espinillas se raspaba contra algo, mi cabeza dio vueltas y al final, sin saber exactamente cómo, de pronto ya estaba perfectamente erguido, parado frente a todos…´

Resbalón inminente

Si hubiera alzado los brazos en aquel momento y gritado “¡Tadá!”, habría sumado un aplauso a la escandalosa carcajada con la que todos me empaparon. Un día después, algunos compañeros afirmaron que mi caída, sin saber cómo, se había asemejado a la de un luchador profesional de la AAA. Hoy no puedo más que morir de risa y agradecer que aquella anécdota cómico-mágica no me provocara un complejo y me despertara el deseo de nunca más pararme frente a un público.

El inmenso Charles Chaplin alguna vez dijo: Nunca olvides sonreír, porque el día que no sonrías, será un día perdido”. Creo que es una frase muy acertada para concluir. O tal vez no lo sea… Porque, por cierto, ¿de qué estábamos hablando?

Bicaalú
Josué Ortega Zepeda

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