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Ficciones

Deseos en papel

Andrea González

Deseos en papel

Recuerdo que ocurrió un viernes. Estaba acostada en mi cama con la tablet entre las manos mirando una serie en Netflix; esto era parte de mi rutina: desayunar, tomar clases en línea desde las 7 de la mañana hasta las 3 de la tarde, comer, hacer tarea, cenar y ver series. Me deprimía pensar que pasaría mis últimos años de preparatoria de esta forma. Mi hermana Mariana me había contado que la prepa había sido la mejor etapa de su vida, que salía de fiesta todos los viernes, que tomaba un taller deportivo por las tardes para poder estar con sus amigas, y saliendo de las prácticas, iba por un café con ellas al Starbucks de enfrente. Yo no iba a poder tener nada de eso.

Mirando una serie en Netflix

Mi celular comenzó a vibrar, sacándome de mis pensamientos. Era un mensaje de Kevin, mi mejor amigo:

­“Paulina, ¿te llegó el correo de la escuela? Dice que no vamos a regresar a clases presenciales hasta el siguiente semestre; o sea, adiós graduación”.

Le contesté con un sticker de un gato llorando, arrojé el celular al otro lado de la cama y hundí el rostro en mi almohada. Si tan solo tuviera el poder de cambiar las cosas…

Gato llorando

Cortesía de Google Play

De pronto, recordé que el día anterior había visto un video en TikTok donde una chica aseguraba que, si escribías una afirmación en una hoja de papel con mucha fe y confianza, tu deseo tenía altas probabilidades de hacerse realidad. En ese momento me había parecido algo estúpido y poco probable, sin embargo…

—En tiempos desesperados, medidas desesperadas —susurré mientras escribía en mi libreta:

“La pandemia terminará y podré regresar a la escuela”.

No supe en qué momento me quedé dormida la noche anterior, pero de pronto el estridente sonido de mi despertador aturdió cada uno de mis sentidos. Busqué el celular a tientas y desactivé la alarma. La fecha brilló en la pantalla: “24 de septiembre”. Estaba a punto de levantarme de la cama para prender la computadora, cuando de pronto mi madre abrió la puerta de golpe.

—Paulina, ¿qué estás haciendo todavía en pijama? ¡Te va a dejar el autobús!

Me quedé atónita durante unos segundos, mirando a mi madre como si le hubieran salido tres cabezas del cuello.

—¿Qué autobús? Mamá, pero la pandemia…

Mi madre frunció el ceño.

—¿Qué pandemia?

—El Covid-19, el virus chino que…

—Paulina, no sé de qué me estás hablando, apúrate o vas a perder el autobús y yo no tengo tiempo de llevarte a la escuela.

Mi madre salió de la habitación como una exhalación y yo me apresuré a tomar el teléfono. Lo primero que hice fue revisar mi conversación con Kevin. El mensaje que me había mandado la noche anterior había desaparecido.

Corrí a buscar los libros de italiano que había adquirido a principios de la pandemia para aprender el idioma. No estaban. El teclado eléctrico que había comprado meses atrás, tampoco. Era como si todo lo que había aprendido o conseguido durante casi dos años de encierro se hubiera esfumado. Traté de recordar el vocabulario que sabía, los acordes de las canciones… Nada, nada, nada.

Interrogante

Era verdad, había días que sentía que me asfixiaba en casa de mis padres. Me moría por salir con mis amigas al cine o a comer, como solíamos hacer antes, pero no podía negar que ese año y meses de encierro me habían regalado muchas cosas importantes. Había llegado a un nivel intermedio de italiano, aprendido a tocar el teclado, hecho amigos por internet y también había podido pasar más tiempo con mi padre, quien generalmente nunca estaba en casa.

De pronto, la idea llegó a mi mente. Busqué un cuaderno y una pluma y escribí: “La pandemia no ha terminado, pero sigo aprendiendo cosas maravillosas en el proceso”.

Cerré los ojos con fuerza, como si con ese simple acto pudiera revertir las cosas, pero nada pasó. De pronto, alguien tocó la puerta. Era mi hermana.

—¡Mariana! —exclamé—, me creerías si te dijera que…

—¿En un universo paralelo hay una cosa que se llama Covid?

—¿Cómo lo sabes? —La miré confundida.

—Porque sí existe y sigue existiendo —sonrió levemente—. Le dije a mamá que me ayudara a hacerte una broma, ¿me perdonas?

—Pero, mis cosas, los mensajes, ni siquiera recuerdo…

—Escondí tus cosas en mi cuarto, borré tu conversación con Kevin y supongo que estás tan estresada que tu cerebro se puso en reset. Hoy ni siquiera es viernes, Pau; es sábado, así que no hay ningún autobús que tomar.

—¿Por qué harías algo así? —dije comenzando a sentirme realmente enojada.

—Para que te dieras cuenta de todas las cosas buenas que tienes. No puedes pasarte casi todos los días lamentándote por algo imposible de controlar, así que intenta sacar el mayor provecho de la situación.

Con lágrimas en los ojos, golpeé a mi hermana en el brazo y, acto seguido, nos fundimos en un fuerte abrazo. Mariana tenía razón, nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, y definitivamente no quería perder aquellos pequeños tesoros de la pandemia.

Bicaalú
Andrea González

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