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Ficciones

El eterno retorno

José C. Sánchez

El eterno retorno

Te sientas a esperar. Siempre creíste que este momento sería diferente, pero es tan tranquilo como un rayo de luz en un día soleado. El mundo está por cambiar para ti, bueno, tú lo sabes: estás a punto de cambiar de mundo.

Hace tres días eras un físico desempleado y te dedicabas a repartir comida a través de la aplicación esa. Recuerdas que, cuando te golpeó aquel auto verde, los de la aplicación sólo te preguntaron si podías hacer la entrega y, como no pudiste, te obligaron a pagar por ella. “¡Maldita sea!” era la frase que te repetías a diario, la recurrencia del uroboros de la vida. Desde que acabaste la maestría, todo había sido descenso; a veces creías que era parte del eterno retorno, pero cada día te sentías más hundido en el pozo: ya no podías juntar para la renta, tú pareja te dejó (otra vez), pedir ayuda a tus papás estaba descartado. ¿Cómo alguien tan inteligente como tú podía estar tan desesperado? Nunca había respuesta; últimamente pasabas los días debajo de una cobija, esperando la inspiración divina.

Algunas personas beben hasta olvidar sus problemas, otras besan y se deslizan a través de los placeres de la carne, y otras más despilfarran su dinero en cosas inútiles que compran por internet. Tú no tenías dinero para los placeres mundanos y el hedonismo no es parte de tu ADN. Ni siquiera tenías luz para consolarte con la última edición del videojuego que compraste hace meses; así que tu único pasatiempo era repasar viejos libros de física o de ciencia ficción, varios de los cuales habían sido carcomidos por los insectos.

Entre tus notas encontraste un pequeño renglón que se le atribuye a Jean Paul Sartre: “Hoy en día sabemos cómo se hace todo, excepto vivir”. La frase te pareció sensata y más aún el título del libro: La náusea. Esta vida solo te puede ofrecer una salida: vomitar sobre un mundo de miseria y porquería… Eso pensaste y en las páginas amarillentas encontraste aquel cálculo que conociste de niño: la ecuación de Drake.

N = R* · fp · ne · fl · fi· fc · L

Recordaste que de niño soñabas con mundos lejanos, más allá de las estrellas. Cuando creciste conociste la ecuación, sí, la ecuación que calcula la posibilidad de un encuentro con seres de otros mundos. Las posibilidades son ínfimas. “Pero todo reside en la semántica”, te decías de joven: el “casi” es la posibilidad que suma un uno a ese cero. Filosóficamente hablando, no podemos ser los únicos seres en este universo observable; además, la mayor parte del universo permanece inexplorado. Siempre reflexionabas buscando una respuesta en las estrellas.

Y hace tres días ignoraste la app. No querías entregar ningún pedido, pero tomaste la bicicleta y subiste al mirador; fuiste a ver la ciudad desde arriba: en un momento de justicia poética, tu mirarías a todos desde la parte más alta. El mundo dejaría de mirarte hacia abajo.

Entonces ocurrió: en el cielo más azul y despejado, la estrella titiló. Te recostaste y no pudiste dejar de notar que la estrella titilaba en una secuencia invariable. Procediste a anotarla en las viejas páginas de tu ejemplar de La náusea; el titilar podría ser un cifrado complejo, como el código Vegenere, o quizá se trataba de algo más simple, como el cifrado César. Sin embargo, descartaste las ideas difíciles. “Sherlock Holmes decía que una vez descartado lo posible, la opción más descabellada debía de ser la verdad”, te vino ese pensamiento mal citado del detective más famoso del mundo. Tardaste un poco, descartaste el código morse y entonces lo notaste: 1-0-1-0, se trataba de un código binario. Escribiste la larga secuencia, tomaste la bicicleta y saliste disparado a casa. Tenías que descifrarlo.

Ahora estás sentado en la banca acordada, faltan diez minutos para que se cumpla la hora de las instrucciones. Te aseguras de tener todo listo, estás a punto de hacer contacto con la que podría ser la única civilización que prosperó a un nivel superior que la llamada humanidad. Tienes tu ejemplar de La náusea, aunque no sabes si será un buen regalo. También llevas tu mochila de pedidos, donde guardaste los tacos al pastor, que eran un requisito indispensable según el mensaje y, por supuesto, practicaste saludos en varios idiomas. No podrías estar más preparado. Quieres ir a ver su mundo, debe de ser mejor que la Tierra. Escribiste la petición en varios idiomas y, si se niegan, te lanzarás a la nave. La sed de aventura interplanetaria se ha metido en tus venas.

No hay grandes luces como en las películas. No hay sonidos extraños, ni una enorme nave con forma de plato gigante. Sólo notas algo, una especie de déjá vu: las hojas otoñales cayendo, el gato negro pasando una y otra vez frente a ti. De pronto están sentados a tu lado. Son tan similares: altos y de mirada infantil; parecen inocentes, pero recuerdas que la inocencia no siempre es sinónimo de bondad.

Comienzas el ritual, eres uno de los pocos que los ha visto. Los saludas y les das los tacos al pastor. Quieres saber tantas cosas, pero esas criaturas comen en silencio. Su tono de piel es inexplicable: podría ser naranja, café, verde o de cualquier otro color; tal vez se trata de una ilusión óptica. Mientras comen, por fin te decides a decirlo: “¡Llévenme con ustedes!”. Les suplicas que te saquen de este mundo incomprensible para ti.

Primero hacen sonidos impronunciables, pero al fin ajustan el tono y tocan un botón en el aparato de su cuello. Puedes entender lo que dicen: “Claro, nunca sobran los repartidores intergalácticos. Nosotros solo queríamos tomar un descanso y probar los tacos, pero mira, ya te agregué a la app”.

Bicaalú
José C. Sánchez

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