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Inspiración

El simbolismo en la obra de Salvador Dalí

Alan Flores Soto

El simbolismo en la obra de Salvador Dalí

El siglo XX trajo consigo una serie de teorías científicas que dieron un vuelco a la manera en la que entendemos lo que nos rodea y a nosotros mismos. En el primer lustro del siglo pasado, un físico alemán que trabajaba en una oficina de patentes publicó un trabajo que afirmaba que el tiempo y el espacio eran dos caras de la misma moneda y que ambos podrían deformarse bajo condiciones específicas; me refiero, desde luego, a la teoría de la relatividad de Albert Einstein. Y cinco años antes de esto, un psiquiatra austriaco llamado Sigmund Freud había publicado un libro que es considerado como el nacimiento del psicoanálisis: La interpretación de los sueñosDie Traumdeutung— (1899); en éste, Freud propone que los sueños son pensamientos inconscientes que emergen a la mente consciente durante el sueño y tienen significados interpretables por un psicoanalista.

Ambas teorías influyeron en el joven Salvador Dalí durante su etapa de estudiante de Bellas Artes en la Academia de San Fernando, y le hicieron decantarse por el surrealismo, una corriente artística en la que la exploración del inconsciente es una parte fundamental de la creación artística. Y aunque para entender su obra a cabalidad hay que conocer cómo hizo uso de su conocimiento científico, este artículo pretende analizar, desde el punto de vista del psicoanálisis, algunos de los muchos símbolos que usó Dalí en su obra.

Muletas. En su autobiografía —La vida secreta de Salvador Dalí—, el autor nos cuenta la primera vez que vio una de éstas en el desván de su casa: “Yo nunca había visto una antes y su aspecto llamó poderosamente mi atención, como algo extraordinariamente insólito. Me apropié de la muleta inmediatamente y comprendí que ya nunca podría separarme de ella; tal era el fanático fetichismo que se apoderó como la más elevada expresión de la autoridad y la solemnidad… El objeto me proporcionaba una seguridad en mí mismo y una arrogancia hasta aquel momento desconocidas. Desde entonces la muleta representa en mí un símbolo de la muerte y un símbolo de resurrección”. Vista desde el psicoanálisis, la muleta puede interpretarse como un ancla entre el mundo de los sueños y el mundo real, pues provee un apoyo tanto físico, como mental y espiritual.

Salvador Dalí, 'El sueño', 1937

Salvador Dalí, El sueño, 1937.

Huevos. Al parecer, el arte culinario fue el primer medio de expresión del pintor: en su autobiografía escribió que, cuando tenía seis años, deseaba ser cocinero. Quizá por ello incluyó en varias de sus obras alimentos, siendo sus predilectos los huevos de gallina, tanto así que se pueden encontrar en la fachada de su teatro-museo y en su casa. Dalí atribuía a estos cuerpos redondeados una dualidad entre lo duro de su exterior y lo blando de su interior, y los vinculaba con representaciones intrauterinas que simbolizan amor.

Salvador Dalí, 'Metamorfosis de Narciso', 1937

Salvador Dalí, Metamorfosis de Narciso, 1937.

Elefantes. Dalí representaba a los elefantes de un modo muy peculiar: con patas gigantes y delgadas, y con múltiples articulaciones, parecidas a las de una araña de las llamadas “patonas”. Se dice que esta idea vino a Dalí durante un viaje a la Toscana, junto a su esposa Gala, cuando ésta se encaprichó con la idea de tener un castillo como los que había visto en aquella región italiana. Dalí entonces le prometió uno, custodiado por elefantes que fungirían de guardianes para él y su amada. Sin embargo pensó que, a pesar de su fuerza, éstos eran demasiado lentos para desempeñar tal función, de modo que los dotó de patas largas como las de una araña; con ellas, no sólo serían más rápidos, sino también capaces de vigilar como si fueran torres. Con el tiempo, Dalí cumpliría su promesa y los paquidermos serían esculpidos en los jardines aledaños del castillo. Los elefantes son un símbolo de fuerza y a menudo cargan con obeliscos que, a su vez, son representaciones fálicas de poder; pero, al ser cargados por larguiruchas patas, esto podría simbolizar la fragilidad de ambos conceptos.

Salvador Dalí, 'La tentación de San Antonio', 1946

Salvador Dalí, La tentación de San Antonio, 1946.

Hormigas. Dalí utilizaba a los animales como una herramienta iconográfica que le permitía simbolizar conceptos, y como unas tres cuartas partes del reino animal están conformadas por insectos, éstos no podían faltar en su obra. Los que aparecen con más frecuencia son las hormigas. La obsesión de Dalí por estos insectos se remonta a su niñez: en su autobiografía narra el impacto que supuso para él cuando, a la edad de cinco años, encontró a su mascota muerta y siendo devorada por hormigas. Este duro golpe a su mente consciente e inconsciente al parecer dio pie a que dichos animales estuvieran presentes en su obra, siempre vinculados a la muerte, al paso del tiempo y al erotismo.

Salvador Dalí, 'Las hormigas', 1929

Salvador Dalí, Las hormigas, 1929.

Cajones. Salvador Dalí dijo una vez: “La única diferencia entre la Grecia inmortal y los tiempos contemporáneos es Sigmund Freud, quien descubrió que el cuerpo humano, puramente platónico en la época de los griegos, está ahora lleno de cajones secretos que sólo el psicoanálisis es capaz de abrir”, lo cual proviene de una explicación freudiana que habla de la sexualidad femenina oculta. Dalí tomó esta metáfora usada por Freud y la plasmó de manera literal en sus obras: dichos cajones representan los secretos —en especial aquellos que están relacionados con la sexualidad— y su representación enfatiza que algunos se encuentran abiertos, otros entreabiertos y otros completamente cerrados; estos últimos son los que ocultamos con mayor recelo.

Salvador Dalí, 'El escritorio antropomórfico', 1936

Salvador Dalí, El escritorio antropomórfico, 1936.

Relojes. A pesar de que Dalí los utilizó en un sinnúmero de ocasiones en su vida y obra, destaca el cuadro que lleva por nombre La persistencia de la memoria (1931). La inspiración para esta pieza llegó cierto día en que Dalí y Gala estaban comiendo en el jardín de su casa; la tarde avanzaba sin novedad y la pareja tenía planeado ir al cine al terminar de comer, pero Dalí sufrió un dolor de cabeza que frustró sus planes, y por ello no se terminó un queso Camembert, el cual comenzó a derretirse a lo largo de su plato hasta alcanzar el borde. Esto le dio la idea para pintar la que, a la postre, se convertiría en una de sus obras maestras: en ella, un grupo de relojes parecen derretirse en un paraje desértico, con el mar de fondo. Estos relojes tienen múltiples interpretaciones, incluso para Dalí, quien les asignó diferentes explicaciones: una de ellas dice que los relojes son una analogía de la distorsión del espacio-tiempo que postula la teoría de la relatividad de Einstein; otra se refiere al título de la pintura, pues los relojes, como la memoria, se han reblandecido por el paso del tiempo; finalmente, los relojes simbolizan el tiempo y como éste se escurre entre nuestras manos.

Salvador Dalí, 'La persistencia de la memoria', 1931

Salvador Dalí, La persistencia de la memoria, 1931.

Caracoles. La obsesión de Dalí por los caracoles comenzó en Francia, mientras comía un plato de éstos y se percató de que en la mesa de junto un hombre leía un periódico con una fotografía de Sigmund Freud en la primera plana. El pintor hizo traer un ejemplar, y cuando éste llegó a sus manos, relacionó la concha de los moluscos con la cabeza de Freud y exclamó, para sorpresa de los demás comensales: “¡El cráneo de Freud es un caracol! ¡Su cerebro tiene la forma de una espiral!”. Tiempo después, Dalí conocería a Freud en Londres; cuando fue a la casa del padre del psicoanálisis, vio un caracol en el jardín, posado sobre la bicicleta de Freud. Dalí, quien creía que nada sucedía por casualidad, pensó que aquella imagen no hacía más que reafirmar su idea. Años después, escribiría en el libro Diario de un genio: “El cerebro de Freud es uno de los más sabrosos e importantes de nuestra época; es, por excelencia, el caracol de la muerte terrestre”. La dualidad del duro caparazón y el cuerpo blando del caracol fascinó tanto a Dalí como el ciclo de la vida y la muerte representado en la característica espiral de la concha de estos animales, uno de los símbolos más ricos que existen.

Salvador Dalí, 'El caracol y el ángel', 1977

Salvador Dalí, El caracol y el ángel, 1977.

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Alan Flores Soto

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