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Inspiración

Lecciones espirituales de astronautas

Ana Pazos

Lecciones espirituales de astronautas

En este artículo te contaré sobre las experiencias casi místicas que algunos astronautas tuvieron al contemplar la Tierra desde el espacio, así como de lo que aprendieron gracias a ellas. Estos hombres de ciencia sufrieron una transformación espiritual que impactaría cada área de sus vidas. En sus historias, podríamos encontrar inspiración y esperanza para enfrentar todo tipo de crisis.

Por lo general, nuestras vidas transcurren entre los límites de una ciudad que, sin importar lo grande o cosmopolita que nos parezca, resultará pequeña si la comparamos con el tamaño del planeta. La Tierra, por otro lado, resulta inmensa si pensamos en todos los ecosistemas, los países y las culturas que la conforman; sin embargo, si la observáramos desde el espacio, seguramente nos parecería minúscula, apenas una mota azul suspendida en la infinita oscuridad. Desde allí, nuestros problemas también se verían diminutos, lo mismo que nuestras aspiraciones y deseos más mundanos. Si un atardecer en la playa, aquí en la Tierra, puede conmovernos con sus pinceladas algodonosas acariciando el mar, ¿qué sentimiento nos invadiría si tuviéramos la oportunidad de contemplar nuestro planeta desde arriba, rodeados por un océano de estrellas?

La Tierra y el Sol detrás

Algunos astronautas han descrito la profunda transformación que ocurre cuando se observa el mundo desde el espacio. La experiencia es tan abrumadora y maravillosa que sus creencias se ven trastocadas. Los invade una especie de euforia, la sensación de que están interconectados con el cosmos, algo muy similar a lo que relatan quienes tuvieron una experiencia mística.

De pronto, la ciencia les parece una herramienta insuficiente para explicar el infinito, el orden, la belleza y los misterios del cosmos, y sienten una sacudida que desacomoda todas las certezas que creían tener. Es como si la imagen de la Tierra flotando en el vacío les revelara una verdad imperiosa: las fronteras entre los países se desdibujan y las diferencias entre los distintos grupos humanos se perciben como un simple capricho. Esto es lo que el escritor Frank White llamó the overview effect o “el efecto perspectiva”.

Para el astronauta estadounidense Edgar Mitchell, su viaje en el Apolo 14 significó el comienzo de un periplo espiritual que continuaría hasta el día de su muerte. Tras recolectar varios kilos de rocas lunares y realizar algunos experimentos junto con sus compañeros, Alan Shepard y Stuart Roosa, Mitchell miraba por la ventanilla mientras la nave emprendía el regreso a casa. La cápsula rotaba de tal manera que, cada dos minutos, el astronauta podía ver la Tierra, la Luna y el Sol sucediéndose en el más alucinante carrusel.

Edgar Mitchell

Edgar Mitchell

Mientras sus ojos se fundían con el paisaje cósmico, se le ocurrió que “tanto las moléculas de su cuerpo como las de la nave en la que viajaba estaban hechas de antiguas generaciones de estrellas”. Paso seguido, este ingeniero aeronáutico, piloto de prueba, oficial naval y astronauta de la NASA tuvo la sensación extática de ser uno con el cosmos, algo que después describiría con el término samadhi, el cual significa ‘absorción mental’ en sánscrito. Según la enciclopedia Britannica, samadhi es “el más alto estado de concentración mental que se puede obtener, el cual une a quien lo experimenta con la más alta realidad […]. Es un estado de alegre calma, o incluso de éxtasis y beatitud […] que, para el budismo, constituye el último de ocho pasos para alcanzar la iluminación espiritual”.

Edgar Mitchell no volvería a ser el mismo. Una vez en la Tierra, abandonó su vida de astronauta y fundó el Institute of Noetic Sciences, cuya misión, según el sitio noetic.org, es “revelar la naturaleza interconectada de la realidad a través de la exploración científica y el descubrimiento personal”. Súbitamente interesado en temas como el budismo tibetano, la meditación, los sueños lúcidos, las habilidades psíquicas y la vida después de la muerte, Mitchell creó este centro de investigación para intentar dar respuesta a algunas de las preguntas que lo asaltaron tras su experiencia en el espacio.

El también astronauta de la NASA, Russell L. Schweickart, vivió algo similar a bordo del Apolo 9. En su artículo “Sin marcos ni fronteras, conectando con el planeta entero desde el espacio”, describe lo que sintió al mirar por la ventanilla y, con un solo vistazo, abarcar un conglomerado de países mientras, cada 90 minutos, la nave le daba una vuelta completa a la Tierra; era como si todos los sueños, las alegrías y las tristezas de la humanidad rotaran ante sus ojos una y otra vez. La nave llegó a estar lo suficientemente lejos de la Tierra como para que ésta desapareciera de la vista de Schweickart al colocar un dedo ante sus ojos. En ese momento, ya no se sentía identificado con su ciudad natal ni con su país ni con una cultura en particular, sino con el mundo entero. Según sus palabras:

“Estás ahí, pensando en los cientos de personas en el Oriente Medio que se están matando debido a una línea imaginaria, algo que ni siquiera puedes ver. Desde tu punto de vista, la Tierra es un todo y es tan hermosa. Desearías poder tomar a una persona con cada mano, a un representante de cada bando de los distintos conflictos, y decirle: ‘Mira tu problema desde esta perspectiva [desde el espacio], mira eso. ¿Ahora qué te parece importante?”.

Russell L. Schweickart

Russell L. Schweickart

Por su parte, el astronauta canadiense Chris Hadfield, quien ha pasado un total de seis meses en el espacio y adquirió cierta fama tras interpretar la canción “Space Oddity”, de David Bowie, desde la Estación Espacial Internacional, también tiene una historia de aprendizaje espiritual que contar. Al contemplar la Tierra como una joya perdida en el vacío, concluyó que ésta no podía ser producto del azar. Creyó imposible que todas las características necesarias para el surgimiento de la vida se hubieran dado de forma aleatoria en nuestro mundo y no en infinidad de otros planetas. Si bien Hadfield se rehúsa a hablar acerca de sus creencias religiosas, en diferentes entrevistas ha dejado claro que su estancia en el espacio reforzó su fe. Dice que:

“Si todos pudieran ver el mundo entero cada 90 minutos; dirigir la mirada hacia abajo y ver los lugares en donde hemos hecho las cosas bien o donde nos estamos haciendo cosas brutales y estúpidas los unos a los otros, nos daríamos cuenta de la infinita paciencia del mundo que es nuestro hogar y todos sentiríamos que nuestra fe se fortalece…”.

El astronauta estadounidense Eugene Cernan, quien formó parte de la tripulación del Apolo 17, declaró en un documental 1  que: “[El cosmos] manifestaba demasiado propósito, demasiada lógica. Era demasiado hermoso para haber surgido por accidente. Tiene que haber algo más grande que nosotros; me refiero al sentido espiritual, no al religioso”. Y el astronauta británico Tim Peake, ex tripulante de la Estación Espacial Internacional, confesó en una entrevista que, a pesar de no practicar ninguna religión, su experiencia en el espacio lo había obligado a considerar que una inteligencia superior podría haber diseñado el universo.

Eugene Cernan

Eugene Cernan

 

Tim Peake

Tim Peake

Estas historias son muestra de que, al alejarse del mundo conocido, aunque sólo sea a una orilla de la playa cósmica, puede experimentarse un asombro tal que ni las mentes más científicas o racionales son capaces de resistirse. Todas las explicaciones construidas desde la familiaridad de la Tierra parecen quedarse cortas y un sentimiento de humildad se apodera de los viajantes.

¿Qué pensamientos, sensaciones y profundas transformaciones experimentaríamos todos si tuviéramos la fortuna de viajar al espacio? ¿De qué tamaño se verían nuestros problemas? ¿Cuántas de nuestras creencias se desplomarían como castillos de naipes? Y, ¿quiénes seríamos al regresar a la Tierra? Visualizar detalladamente cómo se verían nuestras vidas a cientos de miles de kilómetros podría darnos una idea sobre las respuestas a estas preguntas. En los momentos de crisis, cuando perdamos la esperanza y el mundo nos parezca abrumador, podríamos mirarlo desde arriba, a bordo de una nave imaginaria que lo circunde, para apreciar su belleza, recordar sus misterios y saber que nuestros conflictos no son tan grandes como creíamos.

Bicaalú

1 The Shadow of the Moon (2007).

Ana Pazos

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