Cosechando estrellas: la historia de José Hernández

Cosechando estrellas: la historia de José Hernández

Alan Flores Soto

Alan Flores Soto

Personas que inspiran

Muchos niños sueñan con convertirse en astronautas y viajar fuera de nuestro planeta, pero sólo unos pocos lo consiguen. Conoce la historia de uno de estos pocos afortunados… que, además, es de origen mexicano.

José Hernández nació en 1962, en el seno de una humilde familia en French Camp, California, Estados Unidos. Al ser hijo de migrantes mexicanos dedicados a la agricultura —Salvador Hernández y Julia Moreno, originarios de La Piedad, Michoacán—, su educación fue constantemente interrumpida debido a los viajes que los Hernández debían realizar a través del llamado “Circuito de California”, que empieza en marzo al sur del estado y termina a finales de noviembre en el norte del mismo. Durante este periodo, la familia seguía las cosechas de fresas, lechuga, cerezas, pepino, durazno, pera, jitomate y uva. A principios de diciembre y hasta finales de febrero, su padre los llevaba a él y a sus tres hermanos a su tierra natal, con el fin de enseñarles a amar la cultura mexicana.

A pesar de que los señores Hernández sólo cursaron hasta el tercer año de primaria, siempre motivaron a sus hijos a continuar con sus estudios, convencidos de que así asegurarían un mejor futuro para ellos. Sin embargo, también les enseñaron el valor del trabajo duro: para José —a diferencia de lo que vivían otros niños—, los fines de semana significaban largas jornadas en el campo con su familia, en las que cosechaban fruta o verdura; y durante las vacaciones, todos debían trabajar los siete días de la semana.

En retrospectiva, José reconoce que su niñez fue difícil, aunque en aquel entonces no lo sabía, pues al mismo tiempo era feliz al lado de sus hermanos mayores y bajo el ala de sus padres, quienes nunca dejaron de inspirarlos, como demuestra este recuerdo de su infancia:

Terminamos de trabajar y mis hermanos y yo subimos al asiento trasero de la camioneta que mi padre conducía; éste, al ajustar el espejo retrovisor, nos observó y reflexionó un momento al vernos muy sucios y sudados. A continuación, nos preguntó cómo nos sentíamos. Yo le contesté que cansados, de mala manera; entonces, mi padre me respondió que eso era bueno, que debíamos recordar esa sensación porque nosotros teníamos el gran privilegio de vivir nuestro futuro ahora. Como yo no entendí lo que mi padre quería decir con esas palabras, le pregunté a qué se refería, y él me contestó que no podía forzarnos a ir a la escuela y mucho menos a sacar buenas calificaciones, pero que teníamos el privilegio de vivir lo que iba a pasar si abandonábamos nuestros estudios lo estábamos viviendo en ese momento, así que nosotros decidíamos.

Este episodio representó una gran lección en la vida de José, ya que a partir de ese momento comenzaría a valorar más sus estudios, persuadido de que constituían el único camino para aspirar a tener una mejor vida.

El inicio de un sueño

Transcurría la tarde del siete de diciembre de 1972, y el Apolo 17 iniciaba su despegue después de un retraso de casi tres horas causado por un fallo en el control de presurización. Un pequeño José Hernández —de diez años de edad— se encontraba viendo la televisión con su familia; los escasos tres canales disponibles transmitían en vivo la que sería la última misión del hombre a la Luna hasta la fecha. Aquella tarde, la señal del aparato no era buena, por lo que Salvador Hernández le pidió a su hijo menor que ajustara la antena de conejo del televisor. Cada que José conseguía que la imagen se viera nítida, ésta desaparecía en el instante en que él soltaba la antena, así que su padre le ordenó que se quedara en su puesto. José permaneció de pie, viendo el histórico evento a través de la rejilla del ojo, mientras sostenía la antena y soportaba las burlas de sus hermanos. Cuando la familia al fin se cansó de mirar la televisión, José ajustó la antena lo mejor que pudo y se sentó a observar a Eugene Cernan caminando en la superficie lunar. Este hecho marcaría su vida, pues su mente quedaría eternamente maravillada con la idea de que en la superficie de aquella Luna que podía ver desde su casa, y que parecía tan lejana, hubiera un hombre.

Astronauta en la Luna con la Tierra de fondo

Más tarde esa misma noche, José le dijo a su padre que ya sabía lo que quería ser cuando creciera: un astronauta. Salvador Hernández, aunque sorprendido, le expresó su apoyo de inmediato: “Si quieres ser astronauta, tienes que seguir una receta de cinco ingredientes”:

  1. Define tu meta.
  2. Reconoce qué tan lejos estás de esa meta.
  3. Crea una ruta o un mapa de dónde estás y adónde quieres llegar.
  4. Estudia.
  5. Siempre entrega más de lo que te piden.

Esa noche, José no pudo conciliar el sueño de la emoción, pues sabía que su meta —aunque lejana— no era imposible. Sólo tenía que seguir la receta que le había dado su padre para alcanzarla, y así lo hizo.

El que persevera alcanza

José Hernández se graduó en la Universidad del Pacífico como ingeniero eléctrico, y posteriormente estudió una maestría en ciencias de ingeniería eléctrica en la Universidad de California, en Santa Bárbara. Tras terminar sus estudios, comenzó a trabajar en el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore, un centro de desarrollo e investigación.

Aún con el sueño de ser astronauta, José enviaba su solicitud para ingresar a la NASA cada año, y cada vez era rechazado. Pronto acumuló una colección de cartas de rechazo que ni siquiera tenían escrito su nombre. Al principio, se preguntó por qué no resultaba seleccionado, pero pronto comenzó a preguntarse por qué otros sí lo eran. Descubrió que todos los aspirantes elegidos eran pilotos, así que invirtió tiempo y dinero en clases de vuelo; más adelante se percató de que todos los seleccionados sabían bucear, por lo que tomó clases de buceo. El tiempo pasó y siguió acumulando cartas de rechazo; no obstante, avanzaba en la escalera de filtros de selección, pues ahora las cartas llevaban escrito su nombre. Un día, lo invitaron a pasar un fin de semana en la NASA y, aunque no fue seleccionado, José sabía que se encontraba cada vez más cerca de cumplir su sueño.

Eran los años noventa y el mundo estaba cambiando rápidamente: la disolución de la Unión Soviética ponía fin a la Guerra Fría, y tanto rusos como estadounidenses estaban dispuestos a colaborar en un mismo proyecto espacial. Esta noticia llegó a oídos de José, así que cuando recibió una oferta de trabajo para ayudar a desmantelar las armas nucleares de la antigua URSS, no lo pensó dos veces y aceptó el proyecto —aunque éste implicara tener que mudarse a Siberia durante algún tiempo—, ya que su participación significaría una referencia valiosa para cuando ambas naciones trabajaran de forma conjunta.

José Hernández practicando para un viaje espacial

Su plan funcionó y, finalmente, José Hernández fue admitido en la NASA, aunque como ingeniero —no como astronauta— y con un sueldo menor al que anteriormente recibía. Por dichas razones, dudó sobre si continuar con su sueño, pues éste comenzaba a afectar económicamente a su familia; sin embargo, su esposa lo animó a seguir adelante. José terminó aceptando el trabajo y se mudó a Washington D. C., donde fungió como ingeniero para la NASA pero siempre con la idea de convertirse en astronauta. Cuatro años después, la NASA aceptó su solicitud para ser astronauta y fue así como en el 2004 José Hernández vio cumplido su sueño. En ese momento, añadió un ingrediente a la receta que le había compartido su padre: la perseverancia, pues tuvo que ser rechazado once veces a lo largo de una docena de años para alcanzar su meta. En 2009, a bordo del transbordador Discovery, viajó a la Estación Espacial Internacional y desde allí pudo contemplar a su fiel musa blanca.

Actualmente, José se dedica a dar conferencias motivacionales y a contar su historia de vida para animar a los jóvenes a seguir sus sueños. También cuenta con una fundación, la José M. Hernández Reaching for the Stars Foundation, que busca despertar el interés por la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas, además de ofrecer becas en dichos campos de estudio.

La vida de José Hernández es un ejemplo de superación que demuestra que, sin importar lo lejano que parezca un sueño, con esfuerzo y dedicación es posible alcanzar las estrellas.

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